viernes, 10 de diciembre de 2010

ELOGIO DE LA LECTURA Y LA FICCIÓN

























Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d'Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.

La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.

Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que
celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.

No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desf
allecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma -la escritura y la estructura- lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.

Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la osc
uridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.

Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero
estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.

Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julien Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.

Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lav
a las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos -aunque nunca llegaremos a alcanzarla- a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.

En mi juventud, como mu
chos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy -que trato de ser- fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Rével, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china.



De niño soñaba con l
legar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del general De Gaulle. Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.

De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía Hay, hermanos, muchísimo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudo democracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragu
a. Pero en el resto del continente, mal que mal, la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. Ése es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo, América Latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente.

Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, N
ueva York, Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman "las raíces", mis vínculos con mi propio país -lo que tampoco tendría mucha importancia-, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.

Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventu
d que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de África del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si -el destino no lo quiera y los peruanos no lo permitan- el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de Estado que aniquilara nuestra frágil democracia. Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.

Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de "todas las sangres". No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro punto
s cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo-cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y a la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!

La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.

Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le ten
go. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso -triste consuelo- descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.

De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.

Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las
mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de cómo, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.

Detesto toda forma de nacionalismo, ideología -o, más bien, religión- provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racista
s, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.

No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del "otro", siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discurso
s apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.

El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban "el pie ajeno" -lindo y triste apelativo-, donde descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebés al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón, en el Miraflores limeño -la llamábamos el Barrio Alegre-, donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.

El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y al
egran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: 'Mario, para lo único que tú sirves es para escribir".

Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y c
ompañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.

Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. "Escribir es una manera de vivir", dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.

Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo an
tes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas. La escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).

La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarn
os por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.

Siempre me ha fascinado ima
ginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas -rayos, truenos, gruñidos de las fieras-, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.

Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escuchars
e, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.

De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimis
mamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.


Mario Vargas Llosa




Fotos: El país.com


jueves, 7 de octubre de 2010

EL BIEN ESQUIVO O LA ORGIÁSTICA FIESTA PERPETUA DE LAS LETRAS: Por Jorge Ita Gómez


















Tantas veces desdeñoso y postergado codiciado galardón literario, después de 20 años sin nombrarse a ningún escritor latinoamericano, por fin la Academia sueca concedió a nuestro ilustre escritor Mario Vargas Llosa, el Premio Nobel de Literatura 2010.

Mario Vargas Llosa, flamante Premio Nobel de Literatura 2010 se convierte así en el sexto escritor latinoamericano en recibir esta alta distinción, antes lo obtuvieron escritores de esta parte del continente como Gabriela Mistral en 1945, Miguel Ángel Asturias en 1967, Pablo Neruda en 1971, Gabriel García Márquez en 1982 y Octavio Paz en 1990.

Hoy jueves 7 de octubre, por la mañana, día histórico y de primaveras para el Perú y el mundo entero, el anuncio de la concesión fue hecho en tres idiomas (sueco, inglés y español) por el vocero oficial de la Academia sueca, Peter Englund, con estas palabras: "Por su cartografía de las estructuras de poder y sus imágenes mordaces de la resistencia, la rebelión y la derrota del individuo".

Jorge Mario Pedro Vargas Llosa, fecundo y laureado escritor y académico peruano nacido el 28 de marzo de 1936 en Arequipa, es uno de los mayores innovadores de la novelística contemporánea universal, ejerció además del periodismo, la crítica de cine y de arte.


En el universo de su vasta y dilatada producción literaria figuran El desafío (1957), Los jefes (1959), La ciudad y los perros (1962), La casa verde (1966), Los cachorros (1967), Conversación en La Catedral (1969), Pantaleón y las visitadoras (1973), La tía Julia y el escribidor (1977), La guerra del fin del mundo (1981), La historia de Mayta (1984), ¿Quién mató a Palomino Molero? (1986), El hablador (1987), Elogio de la madrastra (1988), Lituma en los andes (1993), Los cuadernos de don Rigoberto(1997), La fiesta del Chivo (2000), Travesuras de la niña mala (2006), El sueño del celta (2010), entre otras obras.



martes, 28 de septiembre de 2010

A FALTA DE UN BLACKBERRY MI NUEVO TV-MOBILE-PHONE CON SIMESSENGER



"Encendido de pasión mi celular

Suena mucho más que el tuyo
Aunque solo sea a instantes
Y a tanta insistencia mía
Poder contemplarte azorado
En toda la pantalla tactilmente
Jugosos y apetitosos los labios

Me derrito todititito por ti..."

Jorge Ita Gómez


lunes, 6 de septiembre de 2010

EDUARDO GONZÁLEZ VIAÑA VINO VOLANDO Y SE FUE...



No hace mucho, estuvo nuevamente entre nosotros Eduardo González Viaña (Trujillo, 1941) para realizar una presentación itinerante, que lo llevaría también a Trujillo y Cajamarca, de su más reciente novela Vallejo en los infiernos, que le valiera por su documentada investigación, el Premio Pastega de Excelencia en Investigación Académica. Sentido homenaje en desagravio al más universal de nuestros poetas: César Vallejo, historia novelada a partir de “el momento más grave de mi vida” o "hasta qué hora son cuatro estas paredes", hilvanando hábilmente con los versos del autor de Trilce sus sueños juveniles, sus amores y viajes a Trujillo y Santiago de Chuco, la violencia de esos años, su filiación socialista en ciernes y otros sucesos de infeliz recordación, que llevaron al poeta en un oscuro incidente injustamente a pagar una pena de carcelería que duró desde noviembre de 1920 hasta febrero de 1921.

Ya en Lima, encontré sumido al maestro en la soledad de su departamento de San Borja, donde realizamos el ceremonial intercambio de libros. Conversamos muy poco tiempo, estaba muy abstraído en finiquitar ciertos asuntos personales, que lo inquietaban sobremanera, para abordar horas más tarde el avión que lo llevaría a España y de allí haría lo propio rumbo a su destino final: Estados Unidos, país donde reside y dicta cátedra desde 1990, en Western Oregon University. Yo, como es habitual en mí, me quedé sin palabras, casi temblando, debido al esplendor del oro y la poesía bruñida de su más reciente novela Vallejo en los infiernos, editado por el Fondo Editorial del Congreso del Perú.





Jorge Ita Gómez

domingo, 29 de agosto de 2010

PARA ESTAS MISMAS FECHAS EN QUE MI SOBRINO JORGE ALVARADO SAAVEDRA ARRIBA A PARÍS, MADAME ANTOINETTE CLAUZON VISITA NUEVAMENTE EL PERÚ


Madame Antoinette Clauzon visita nuevamente el Perú
Acompañada de Dominique Clauzon y Christine Khalizoff
Como lluvia que cae generosamente del cielo a la tierra
Desborda las calles grises de Lima y nuestros corazones
Como gráciles pañuelos blancos lanzados al fiero viento
Así la tierna sonrisa de mi madre nos colma de dicha plena
Y reordena el caos antediluviano de nuestras efímeras vidas
Para estas mismas fechas festivas y como de costumbre
Repican las golondrinas el vuelo rasante de las campanas
Incesantes ángeles vuelan sin hacer escalas internacionales
Se callan los telégrafos en todos los idiomas del mundo
Y en todos los idiomas del mundo los carteros anuncian
Como lluvia que cae generosamente del cielo a la tierra
Madame Antoinette Clauzon visita nuevamente el Perú
Acompañada de Dominique Clauzon y Christine Khalizoff
Trae enredado la tour Eiffel en sus altos tacones dorados
Todo es fina música y fiesta galante en su idioma nativo
Y hasta cuando calla o susurra el silencio le presta oídos
Burbujas de champán o panal de miel en cestos de mimbre
Y todo el Perú generoso se abre como una flor imperial
Rendida a sus pies en plena garúa de junio para recibirlas
Mi sobrino Jorge Alvarado Saavedra hace su arribo a París.


Jorge Ita Gómez



sábado, 3 de julio de 2010

POLLO A LA BRASA CON PAPAS




Es una verdadera delicia
Como para chuparse los dedos
Encendido de pasión mi celular

Suena mucho más que el tuyo
Aunque solo sea a instantes
Y a tanta insistencia mía
Poder contemplarte azorado
En toda la pantalla tactilmente
Jugosos y apetitosos los labios
Toda manchada de grasa
Hasta la grácil barbilla
Metida olímpicamente
En tu clásico traje sastre
Desmenuzando de a pocos
Con las yemas de los dedos
De ambas manos gentiles
Deliciosa ave del paraíso
Que todos los peruanos
Sin dejar ni un solo huesito
Saborean, llaman y piden
Señorita, para dos, por favor
Pollo a la brasa con papas
Maravilloso regalo de DIOS.





Jorge Ita Gómez

EL POETA GUSTAVO ARMIJOS: ACUÁTICO Y TERRESTRE: Por Jorge Ita Gómez




No obstante, su resquebrajada salud aquejada por una aguda diabetes mellitus, el poeta Gustavo Armijos (Piura, 1952), director de la legendaria revista de poesía la tortuga ecuestre, nos muestra su vitalidad creadora en su libro, Acuático/Terreste (poemas anfibios), en el que parece recordarnos la dualidad de elementos inherentes a nuestra propia naturaleza humana y deleznable condición.

Es la vida un abanico de sorpresas a cambio de un
concierto
mirando por la ventana el corazón de las medusas
y el brusco y ascendente cambio de clima
temblando en Matucana, San Mateo, La Oroya...
(Pág. 39).

“El hombre se mueve en el espacio de la soledad permanente. (Y) El poeta duplica esa soledad en la escritura” (Raúl Jurado dixit), valiéndose de un lenguaje lleno de narratividad y coloquialismo urbanos (propio de los poetas de su generación: el ‘70) para develar cierto exilio interior y esquivo trato con las musas cargados de orfandad.

Valia es mi aflicción permanente
y la busco presuroso de noche
en la pantalla pequeña o caja boba.
Busco el eco de su llamada
o la amplia soledad sumamente esquiva.
(Pág. 64)

Otros pasajes aún más reveladores, lo llevarán a exteriorizar su fascinación de viajero empedernido en los avatares de su propia existencia terrena en versos de exaltada madurez poética (confundido con los extranjeros/expiando sus acciones sobre los toneles de vino/entre hierbas frescas y casa derruidas por el tiempo) y otros más serán, sin duda, los campos en los que sus manías, sus fobias harán florecer en cada primavera sus ansias de perpetuarse en permanente olor a poesía.

En pleno siglo XXI destruir ese mundo interior
que cada día me consume de manera ciega
irracionalmente menospreciado.
Ya no me importa psicoterapia alguna solo la obsesión
consecuente del artista me acompaña
todo sigue igual como en un añejo film.
(Pág. 63)


domingo, 20 de junio de 2010

(A LA) CAZA (DE UN VERSO) MAYOR



a Marlegiov

A pausas la poesía
Cansada a ratos de mí
Viene lenta y me habita
Como segunda piel
Lo peor de todo
No sé qué decir
Es ella la que me obliga
Eternidades a callar
Es ella la que siempre
Me manda a escribir
Callada la boca
Atadas las manos
Con los dos pies

Es ella la que gobierna
El curso de mi escritura
Cosidos los labios
A cientos de besos
La frágil muchacha
Neblina en los ojos

A pocos metros de mí
Quedó convertida
En estatua de sal
Y yo proseguí mi camino
Callando ocultos impulsos
E ímpetus por venir
De mi casa a la Luna.



Jorge Ita Gómez

viernes, 11 de junio de 2010

ALFORJA DEL CAMINANTE




"Caminante no hay camino, se hace camino al andar", escribió el poeta castellano Antonio Machado. Y tu camino Sonaly está empedrado de éxito. Es increíble amiga, cómo vives en el corazón del pueblo, gracias al trabajo constante de volvernos la mirada a nuestras raíces, en cada viaje que emprendes con devoción por el Perú profundo y de todas las sangres, para que el mundo sea menos ancho y menos ajeno; pues alma de viajeros y caminantes empedernidos tenemos todos un poco y hacemos fiestas de gala y votos en el ánfora del corazón para pervivir en la memoria colectiva y desterrar de por vida el olvido ignominioso...

miércoles, 26 de mayo de 2010

CONNUBIO ENTRE EL PINCEL Y LA PLUMA



Carolina Medina dijo... Qué lindo poema. Y esas palabras salen de lo más profundo de tu alma. Te felicito. Te conocí en tus inicios cuando éramos estudiantes y te aseguro que la metamorfosis es grandiosa. ¡FELICIDADES!
16 de abril de 2010 10:26







Jorge Ita Gómez dijo... Hola Caro, sí te recuerdo perfectamente, estudiaste Educación Inicial. Incluso recuerdo haberte dedicado un breve poema aquellos tiempos. Tanto tiempo transcurrido y sin embargo linda nada has cambiado.
26 de mayo de 2010 12:38




POR LOS CAMINOS DEL ARTE

a Carolina Medina Albarrán


Qué cerca yo de ti
qué lejos tú de mí
sin saber, Carolina,
que andamos ambos
no precisamente
agarraditos de la mano,
uno distinto del otro
una distante del otro
por los mismos caminos
del arte, celebrando
el connubio entre
el pincel y la pluma



Jorge Ita Gómez



lunes, 10 de mayo de 2010

DAMARIS: LA NUEVA NOVIA DEL PERÚ EN CONCIERTO




DAMARIS es poesía plena, derroche de belleza, talento y sencillez, toda una auténtica artista: Damaris la nueva novia del Perú, ganadora en el Festival de Viña del Mar y Nominada al Premio Grammy Latino.

El domingo 16 de mayo a las 6:00 pm, junto con Saywa presentarán VOLVER A MI TIERRA TOUR 2010 en el Parque de la Exposición de Lima, con invitados de lujo como Cecilia Barraza, Magaly Solier, Julie Freundt, Jean Paul Strauss, Anthony Luján y Luciano Quispe en el arpa, un espectáculo imperdible.

Y haciendo mías las palabras del amigo Álvaro Torres Matos también diré: “Damaris admiro tu dulzura pero sobre todo tu valentía para enfrentarte a ese monstruo que es la Quinta Vergara, allí se sabe de qué estás hecha, un beso mi querida, has representado a la mujer peruana y has dejado muy en alto nuestra música de manera estética, digna y elegante”.


Toca ahora devolverte toda esa entrega y cariño a lo nuestro apoyándote y asistiendo a cada uno de tus conciertos. Es lo justo y menos que podemos hacer todos en reciprocidad. Además todas tus presentaciones son un espectáculo maravilloso y colorido de calidad garantizada.



Jorge Ita Gómez





domingo, 9 de mayo de 2010

PALABRAS A MAMÁ EN SU DÍA



A mi madre: María Estela Gómez De Paz de Ita


“Hay una mujer que tiene algo de Dios
por la inmensidad de su amor
y mucho de ángel por la incansable
solicitud de sus cuidados”...


Ramón Ángel de Jara.



Es un lugar común afirmar que: “Madre hay una sola”. Es por esta razón que desde antiguo la madre ha sido, es y será siempre fuente inagotable de inspiración de poetas y escritores de todos los tiempos y latitudes. Y de esta historia, da vivo testimonio poéticamente narrada en versos las más brillantes páginas de la literatura nacional y universal. Quién no recuerda, por ejemplo, “La Madre” de Máximo Gorki o “Madre Coraje” de Bertolt Brecht, por citar sólo algunos ejemplos.

(Rosas, rosas y más rosas; llueve rosas blancas, rosas rojas; ¡qué de rosas en el cielo, Madre, para simbolizar tu santa presencia o dolorosa ausencia).

Debemos la institucionalidad del “Día de la Madre” a la ciudadana norteamericana Anna Jarvis, huérfana de padre desde muy niña, quien ayudaba a su madre a cuidar a su hermana invidente más pequeña con el mismo amor y cuidados que prodigaba a la autora de sus días, muriendo a la edad de 60 años sin haber tenido el privilegio de ser madre.

Y en el Perú, debemos la feliz iniciativa de celebrar cada segundo domingo de mayo el “Día de la Madre”, al ilustre abogado ancashino Dr. Carlos Alberto Izaguirre.

“Vergüenza debiera darme:/marcar un día del año/para querer a la madre/cuando toda una existencia/no basta para adorarla...” sabiamente ha dicho el gran poeta de color y sabor peruanos Nicomedes Santa Cruz.

De modo tal, que mal hacemos en acordarnos de ella sólo en los días o fiestas de guardar: debemos rendir un cálido homenaje a nuestra Madre no sólo ahora sino todos los días, de todos los años de nuestra existencia, en respuesta a la abnegada labor de sacrificio que despliega por nosotros en todo momento y sin pedir por ello a cambio nunca nada. Que la madre no sea entonces como esa flor que el niño ama y el hombre olvida.

Finalmente, parafraseando a Jesús, Divino Maestro, concluiré con esta breve reflexión: “Madre, perdónanos, porque a veces no sabemos lo que hacemos”.



Jorge Ita Gómez


lunes, 3 de mayo de 2010

A LA "WINNIE COOPER" QUE YO CONOCÍ EN LA UNIVERSIDAD



POEMA FAX



Un día de estos MARLE ya no me tendrás
Ni siquiera para hacerme sufrir

Ni siquiera para eso
De mi no tendrás ni la menor idea fija
Un día, al despertar, sin el maquillaje
Que te precede 24 horas cada día
Ya no me tendrás para siempre
El que te esperaba horas de horas
Se habrá marchado lejos
Al otro lado del mar
Y ni el eco te sabrá devolver mi voz
Qué inútiles habrán de parecerte entonces
La inoperancia del teléfono
Los mecanismos del Discado Directo Internacional
El número del Apartado Postal en que no existo
Para nada Para nadie
Tus 22 o 33 años bien cumplidos o mal vividos
Todos los 3 de Mayo Cada 24 de Agosto
Con el agua derramada de tu pelo
Precipitándose como negra catarata
Por tu cara pintada de niña bonita
Metida en su pantaloncito Blue Jean
Bien apretado
Como en la foto que me negaste siempre
Yo me habré ido lejos
Al otro lado del mar
Y nadie sabrá que vivo impregnado
En tu alma En tu piel
Como la densa fragancia de uno de tus perfumes

Amándote / odiándote / olvidándote / Recordándote
En el lunar o el portaligas de otras mujeres
Inyectándote en los ojos
Toda la efervescente embriaguez de París ...



JORGE ITA GÓMEZ


miércoles, 28 de abril de 2010

TODOS A LA FERIA DEL LIBRO LIMA NORTE




En el marco de la tercera edición de la Feria del Libro Lima Norte, en el Centro Comercial Mega Plaza del distrito de Independencia y a escasos cuatro días de su culminación (domingo 2 de mayo), el poeta Pedro Perales (egresado de la Universidad Nacional Federico Villarreal y actual funcionario en la Biblioteca Nacional del Perú) hoy a las 8:30 pm presentará su más reciente y emblemático libro titulado “Máscara de jade” y ofrecerá una lectura selecta de sus poemas en los que "ausculta el pasado y el futuro, el cual pergeña de reojo como rescatando atisbos de vida recorridas en otras dimensiones que le permiten ahondar en lo profundo del valor ocasional del presente", propiciando un mayor acercamiento entre el autor y su obra y el público-lector.





V

Por estos raros caminos tan parecidos al silencio
por estas lluvias trashumantes
por el abolengo y los ilustres apellidos
por los años de más y sus desiertos baldíos
por esa forma tan cierta de parecernos unos con otros
por la forma de igualarnos
por la inútil hoguera de contradicciones
por la lucha y el desaire
por el verbo descarnado
por el desazón y el delirio
por el yelmo de plata
por el túmulo de arena
por la deidad de cáñamo
por el sempiterno guarapo
por el equinoccio de la luna
por el fuego por la tierra
por la inevitable belleza y su infalible filo.


EL AMOR QUE VA

El amor que va
el amor que destruye
la eximia forma de ponerse diverso
y concluirse vano e irreal
sopesando lo burdo y abrupto del día
soterrando el enhiesto
e insensible principio de amor
o su amor contenido en migaja
o punzante requiebro de incomprensión y desdicha
abotagado de amor de odio e indiferencia
e inhibido de desacato a pasiones irreparables
consternado de agua
y de ese vástago pluvial
que es el orgullo maltrecho
Harto de presunción y finales asolados
por lluvias trágicasarduas de hábito y convicción
y de la abrasadora tensión de la imaginación
que como brava metáfora coteja las horas
de inmersión al plenilunio.


ESTÁS LLUVIA

Estás lluvia estás tierra
Amaneces y estás cadenciosa como una melodía
No sabes de las horas ni del tiempo
Solo elaboras el dulce espacio
Entre tu mirada y la mía
Estás lluvia
Ninguna de las antiguas mansiones
Ceden al año a las variantes de tu perfil
Siempre siembras
Y estás premunida del árbol temperamental
Las horas corren y estás de pie
Mirando el atardecer a mi lado.


PARA APACENTAR ESTAS AVES ESTÁS AQUÍ

Para apacentar estas aves estás aquí
Y no importa tu edad tu odisea tu forma
Perenne y curtida
Tu ociosa forma de leer estos peldaños
De piedra crepuscular
Y de beber la savia bendita
Del verbo
El callado entorno del mito la sobriedad
Pródiga y avasalladora
Años de piélago de tremendos eclipses
De lunas-hombre que siempre son lo mismo
Ceremonia del camino
Que ya no hiere
Que no ahoga
Que sola se construye obviando el tiempo
Estrella de un solo año
Reciedumbre de espacio-hecatombe
Para acallar este abrevadero está aquí
Con tu forma singular
De árbol de artista de cáñamo
Mostrando la turbia candidez de lluvia
Aún por erigirse
Y tus pasos son raudos como la niebla
Barco a la deriva
Tremolante incendio de fábula
Hilvanada de castillo
Canino saturado de liquen
Un beso calcáreo que se arremolina
En lo pastoso e ilimitado del alma.


CANCIÓN DE MARÍA

Tiendas bares aceites sin cocina
ese soy yo el imberbe que no asimila
su imagen al espejo
el otro pajarero
el aún pendiente que toma una gota de aceite
para lubricar el dolor
el Jesús que está triste por María
y por su inevitable agonía
quien vive horrendo por el parco centeno
que no da vida a los años
quien conoce del tiempo cenizo por la otrora
Molienda
Mi pobre María no sufras que tus panes ya cocidos
tienen que macerar una historia
yo te conozco eras la rueca el cedazo de hilo
el tropical enjambre de peces
sin mar sin destino
pero una barca de exilio te espera
lloro a tu lado con un lamento de alas de avispa
Toma mi mano la que levantó la fuente
y el vino
la plañidera extenuación
de los años no perdidos.


Pedro Perales


miércoles, 21 de abril de 2010

JORGE ITA Y SUS CRÓNICAS AGUSTINIANAS: Por SONALY TUESTA




LA FELICIDAD SESGADA POR EL VIVIR DIARIO. LÁGRIMAS EN EL ROSTRO. LA PALABRA COMO SIGNO DE SEGUIR A PESAR DE TODO

“Verdaderamente,
ya nadie vive feliz
con este tiritar
de huesos encima”.

Jorge Ita.


1. Invadiendo otro reino. Jorge Ita y sus Crónicas Agustinianas...

Reino de este mundo es el título del libro de Jorge Ita Gómez, poeta joven. “Reino de este Mundo es un hermoso canto de amor al distrito de El Agustino, en que se da (con una suerte de gracia o milagro) testimonio veraz y desgarrado de alguna de sus calles y sencillos moradores con quienes departí instantes de toda índole”, nos comenta el poeta.

El mundo creador del autor está enmarcado en una envoltura celeste con matices rojos en el título. El dibujo principal nos sugiere ofrenda, dádiva, entrega; es una enorme mano con diversos elementos sobre ella simulando desgarramiento, angustia, destrucción conectados con significantes de esperanza: la clásica paloma, las líneas verticales, las flores.

Es un mundo híbrido que nos presenta temas que evocan situaciones coyunturales o generales o inusitadas. Buscando en la miseria y el dolor los ecos del cambio.

“Porque a donde no había
faltaba el agua,
y cuando no era una
era otra cosa”.

(Del poema “Negocio líquido”).


2. Segmentando la realidad. 4 etapas de la historia...

La naturaleza provinciana de Jorge Ita convierte a sus palabras en mecanismos de adaptación al contexto de la urbe, nostalgia por la tierra natal y sus fiestas. Por ejemplo, en “La quema del castillo” y “Festividades”:

“Aquello era la fiesta
del colorido de las luces
en cada explosión
de cohetecillos,
dibujábanse en el cielo
los colores del arco iris
tigres de bengala
platillos voladores
dragones de fuego.
Una noche de alegorías”.


3. La poesía y el fin del enlace. Recuerdos que dibujan el texto...

“Mi reino no es el
de los espejos
porque la realidad
es otra,
y porque la realidad
es otra
las cosas
y los hombres cambian!

Escribe Jorge Ita ayudando a entender su reino y sus diagramas. Su lenguaje es sencillo, una suerte de reunión de palabras tratando de remontar un hecho. Existe bastante musicalidad en sus versos casi comparables a las canciones del extraditado voluntariamente del pueblo.

“Pues refrescan su palabra los aires del habla popular y los temas de la vida cotidiana de sus pobladores, mundo que ha encontrado su hogar en la poesía de Jorge Ita Gómez y que constituye naturalmente para él todo su reino”, escribe el poeta Arturo Corcuera, autor del prólogo del libro.


4. Epílogo: Siguiendo el camino...

Jorge Ita es una persona imbuida desde hace mucho en el mundo cultural, organizando recitales, dirigiendo una revista. Él también está interesado en recobrar el espacio de la poesía. Su libro es parte de este deseo y de esta línea de compartir lo escrito que muchos propugnan y hacen.


SONALY TUESTA

SONALY TUESTA: POETA Y TALENTOSA CONDUCTORA DE TELEVISIÓN


Qué hermosa te ves con ese "mate" burilado al natural, amiga. Definitivamente todas las mujeres en la dulce espera lucen aún más bellas.

FIESTA DE LAS LETRAS EN LA MUNICIPALIDAD DE MAGDALENA DEL MAR



Noche de distinción al Dr. Ricardo Gónzález Vigil en mérito a su destacada trayectoria intelectual.
















DAMARIS: LA NUEVA NOVIA DEL PERÚ



Damaris es poesía plena, derroche de belleza, talento y sencillez, toda una auténtica artista: Damaris la nueva novia del Perú, ganadora en el Festival de Viña del Mar y Nominada al Premio Grammy Latino.



lunes, 19 de abril de 2010

JUSTO Y MERECIDO RECONOCIMIENTO A RICARDO GONZÁLEZ VIGIL




El mes de abril está consagrado a las Letras Peruanas, gracias a la iniciativa del destacado y recordado intelectual Augusto Tamayo Vargas, por ello la Municipalidad de Magdalena del Mar, donde vivió muchos años, ha instituido un premio de reconocimiento anual, otorgado a una personalidad destacada en la Literatura Peruana, habiendo recibido a la fecha esta distinción los poetas Carlos Germán Belli y Rosa Cerna Guardia.

Continuando esta valoración, hoy lunes 19 de abril en el local central de la Municipalidad de Magdalena (Av. Brasil cuadra 35) a horas 7:15 pm tendrá lugar la distinción al doctor Ricardo González Vigil (Lima, 1949), profesor principal de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Miembro de Número de la Academia Peruana de la Lengua y reconocido crítico literario del diario El Comercio.

La ceremonia presidida por la alcaldesa de Magdalena del Mar, Rosa Quartara Carrión de Rúas, contará también con la participación del Magíster Dimas Arrieta Espinoza, docente de la Universidad Nacional Federico Villarreal, quien disertará en torno a los merecimientos de la destacada obra y labor intelectual del Doctor en Literatura, Ricardo González Vigil.

El primer actor del Teatro Nacional, Alberto Mendoza, ofrecerá una lectura de poemas de nuestro homenajeado. El segmento musical de la ceremonia estará a cargo de la prestigiosa cantautora Damaris, ganadora en el Festival de Viña del Mar y Nominada al Premio Grammy Latino.






El querido maestro Luis Jaime Cisneros celebrando la incorporación a la Academia Peruana de la Lengua del Dr. Ricardo González Vigil.