domingo, 16 de marzo de 2014

SU POESÍA NOS HA GANADO EN MUDA E INÚTIL BATALLA TODAS LAS PALABRAS DE LA BOCA (Por: Jorge Ita Gómez)


  SU POESÍA NOS HA GANADO EN MUDA E INÚTIL BATALLA TODAS LAS PALABRAS DE LA BOCA

A mi hermana Delia

Por: Jorge Ita Gómez

Corría como un caballo al viento el año 1988 e imbuido de una emoción incomparable, de la cabeza a los pies, por lo que sería a mi parecer la celebración de tan magno acontecimiento, me disponía sin más ni más (Ya va a venir el día, ponte el alma) a embarcarme en un viaje que para mí sería, desde todo punto de vista, la fiesta galante más grande y fascinante de las Letras peruanas, que marcaría un hito mayor en mi ya iniciada febril carrera literaria.

Efectivamente, la pauta ya estaba dada, el derrotero trazado, la fecha y el lugar marcados con piedra blanca sobre piedra blanca en los fastos de la historia. La cita y el encuentro eran inminentes. Partiríamos rumbo a Trujillo y de allí a la libertad con los poetas Tomás Ruiz (+), Miguel Ángel Guzmán y Salvador de la Torre. El pacto de caballeros, sin embargo, en parte no se cumplió; no recuerdo bien debido a no sé qué azares Miguel Ángel, desistió a último minuto de tan fabulosa empresa, y mis dos restantes camaradas me tomaron la delantera.

Me dejaron solo. A la de Dios, desde Lima tuve que darles pronto alcance en Trujillo. Yo no conocía a nadie en Trujillo, y en esa linda ciudad de bellas mujeres y clima primaveral, donde otrora a la sazón había estudiado becado mi padre (Marino Ita Castillo) en el Politécnico “Andrés Bello” internado, precisamente peregrinamos en extenuantes jornadas asistiendo a cuanto evento literario programaran para poder vender trípticos, plaquettes y libros y así poder, a duras penas subsistir, durante 11 días con sus noches.

Once días me quedé en Trujillo junto a los poetas Tomás Ruiz Cruzado y Salvador de la Torre Toro, los tres socios de la conquista, recitando en divina trinidad en colegios e institutos guiados por quien gracias a su gentileza nos acogiera y alojara como a huérfanos pajarillos en su modesta vivienda: una amiga de Tomás, cuyo nombre se me pierde en el tiempo y la memoria, y por quien Salvador terminó entusiasmándose más de la cuenta y yo agradeciéndole infinitamente esos días tan trujillanísimos que no volverán (CUAL mi explicación…/Pero he venido de Trujillo a Lima./Pero gano un sueldo de cinco soles).

Salvador no pudo, enamorado como estaba, hacer honor a su nombre ni tomar para sí como quería a la muchacha, pero sí en prenda se llevó para siempre el libro de oro: Masque de chaux de Georgette de Vallejo, “O douleur inmaculée conception de la mort” que vi, leí ("Tú mi vida/tú mi dolor/Toda mujer eternamente/mece un niño/He nevado tanto para que duermas/y llorado hasta disolver tu ataúd") y respetuoso devolví a su santuario apilado como estaba entre tantos otros libros en una franciscana caja de cartón, atesorada por “aquella amiga (nada) analfabeta de pasión cristiana”. Tomás y Salvador, o mejor aún Salvador y Tomás, ambos, los dos, se quedaron, como se dice, tirando cintura en Trujillo.

Cosas del destino serían, como dice la gente, que tenían que cumplirse sí o sí inexorablemente, más tarde que temprano o viceversa (MADRE, me voy mañana a Santiago,/a mojarme en tu bendición y en tu llanto). El 14 de abril me llegó la hora de partir hacia la libertad, más precisamente a Santiago de Chuco (CILIADO arrecife donde nací), solo como había venido. No hay deuda que no se pague ni plazo que no se cumpla, reza la sentencia sabia y popular. Eran las 9:00 de la noche de aquel día. Apenas probé bocado de los panes con camote que pedí y los últimos sorbos toscos que le di a la humeante taza de café que bebí presuroso.

Viajé toda la noche y la madrugada, pese a que nunca duermo cuando viajo porque me gusta deleitarme con la belleza del paisaje, pero aquella vez rendido por mis falsos trajines y acomodando el rosado de mis llagas caí redondito rendido en los brazos de Morfeo. Al entreabrir los ojos, de cuando en cuando, noté que una incesante lluvia menuda había velado mi sueño, lo advertí por las gotas de rocío que hacían diminutos y redonditos nidos líquidos en las lunas del por poco casi destartalado bus que me llevaba a cumplir viejos designios largamente acariciados.

Cuando desperté y me incorporé ya del todo de mi luengo letargo adormilado definitivamente constaté a través de la luna del carro, me gusta viajar pegado a la ventana solo “como un astronauta frente a la noche espacial”, que ya habíamos llegado sanos y salvos a nuestro destino final. Solo entonces, pude recién respirar tranquilo a mis anchas flacas desperezándome como un marchito espantajo, seca estrella de mar o calavérica cruz con los brazos y piernas extendidos hacia los cuatro puntos cardinales de la rosa de los vientos.

A las 5:30 de la mañana, el bus arribó con las justas al terminal, viéndome obligado a bajar y a tener que esperar a que el día clareara más y más. Como era un perfecto desconocido para todos por esos lares, me dieron las 6:00 de la mañana, temblando de frío, sentado en una de las gélidas bancas de la Plaza de Armas de Santiago de Chuco. Así transcurrieron más horas y la vida con toda su pesada caravana y estandarte de burla se abría paso lento y ancho como un recién nacido río, ante mí.

Como un convidado de piedra, largo rato me quedé ensimismado recordando la impresionante belleza del paisaje esbozado ante mis ojos, los campos de cultivos como una gigantesca alfombra natural recubiertos de una gama de colores verdes en todas sus tonalidades y hasta las cristalinas aguas de los riachuelos discurriendo cantarinas podía sentirlas imaginariamente quemarme las manos con su hielo; en tanto, el desvencijado autobús que nos transportaba serpenteaba zigzagueante en cada curva del camino, sorteando el peligro constante, entre valles y quebradas, de dar a parar, Dios no lo quiso así, al fondo insondable de un abismo.

Se abrió entonces la cúpula celeste del firmamento y hasta el sol nos prodigó aquel día su guiño más dorado. Algo inusual dada la temporada. Brilló esplendoroso en lo más alto al mediodía para nosotros, no obstante haber llovido semanas atrás intensamente. Conforme pasaban las horas y la gente iniciaba su hormigueante labor cotidiana, comencé mi caminata en mi afán de conocer los alrededores del pueblo y dar con sus queridos muertos en flor, que como las plantas que me traje, ya no están más. (Y tu gemelo corazón de esas tardes/extintas se ha aburrido de no encontrarte. Y ya/cae sombra en el alma).

Y como para tener siempre presente el momento vivido, a modo de souvenir me traje desde el cementerio de Santiago, situado en la parte más alta del pueblo, unas plantas que no sabría describir con exactitud: una especie de híbrido de lechuga injertada con alcachofa, cuyas flores de vívidos colores me recordaban al de los geranios rojos, que tanto le gustan a mi madre. Las planté en el jardín exterior de mi casa y el rojo bermellón de sus flores si hasta parecían sonreírme coquetas como el carmín encendido en los labios de las chicas más lindas del barrio, al atardecer.

Después, conforme me iba ganando la confianza de ellos o ellos granjeándose la mía, me iban informando solícitos y al ganarse los lugareños que se esmeran en contar con lujo de detalles (bocas ensortijadas de mal engreimiento,/todas arrastrando recelos infinitos) y hasta el colmo de la exageración a los foráneos, ciertas anécdotas inverosímiles que rayan en el espanto, puras babas cuando no disparatadas ocurrencias en torno a la vida y milagros de nuestro amado poeta; algunas dignas de todo crédito y otras simplemente pamplinas tiradas de los cabellos y alimentadas por la incesante capacidad fabuladora de la memoria colectiva. (“y es verdad que he comprobado;/otras cosas se callaron las personas/que en dar informes se solazan).

Santiago de Chuco me recibió como un gran libro abierto, con una como atmósfera encantada en la que todos los versos de Vallejo se te vienen de golpe a la memoria como una hemorragia incontenible, se siente en sus empinadas y altas callecitas empedradas y estrechas, cierto magnetismo y fuerza telúrica increíbles. Sentía a flor de piel y respiraba a todas luces cierto rico olor a tierra mojada por la lluvia, penetrante como el aroma del café recién servido. Santiago de Chuco es Los heraldos negros abierto. (OH las cuatro paredes de la celda). Y Trilce una llave maestra a la universalidad o maravillosa cárcel de barrotes dorados abierta de par en par a la libertad de expresión en constante ebullición. Vallejo es en cuerpo y alma. Todo está contenido y continente ahí. Su poesía nos ha ganado en muda e inútil batalla todas las palabras de la boca.

Como en los años de la gobernación que vivió Vallejo, (la cólera del pobre/tiene dos ríos contra muchos mares) el pueblo parecía estar dividido en dos facciones; por un lado, el oficialismo representado por las más altas autoridades locales desplegando toda su parafernalia no escatimaba, oficioso, esfuerzos ni recurso alguno desde la Municipalidad Provincial para rendirle justo y merecido tributo al poeta, junto con las delegaciones de escritores y dignatarios invitadas, venidas tanto de Lima como del extranjero.

Y por el otro lado, el pueblo reivindicando con todo derecho y justicia también  para sí el genio y figura de su hijo predilecto; reviviendo así una vieja rivalidad que hasta hoy y pasado ya tantísimos años parece estar aún latente. Cosa por demás triste de saber. Lógicamente, asistido por mi férrea convicción y mis ansias infinitas de filiación y de fe, tomé partido y me hice partícipe voluntarioso de los actos celebratorios de los del segundo grupo. (En suma, no poseo para expresar mi vida, sino mi muerte). Ahora solo me queda el triste consuelo de la firme y solemne promesa de visitarlo un día no muy lejano en París: Ciudad Luz, romántica por excelencia, de los mil y un encuentros.

El momento más grave de mi vida fue en una cárcel del Perú, acusó el poeta muy dolido ya desde Europa, tras sufrir prisión injusta más de tres meses en la penitenciería de su tierra natal. Es posible que me persigan hasta cuatro/magistrados vuelto./Es posible me juzguen pedro./¡Cuatro humanidades justas juntas! Y pasados más de 90 años después, en noviembre del 2007 en palabras del doctor Francisco Távara Córdova, presidente del Poder Judicial de entonces, en tardío acto jurídico reivindicó a Vallejo al llamarlo “reo injusto”. “él se ha ido/Nada ha sido absuelto/aunque él haya perdonado”, replicaría como antelada y premonitoriamente Georgette Philippart Travers de Vallejo.

Nunca antes en mi vida había sentido jamás ese timbre de orgullo y satisfacción que sentí aquel memorable 15 de abril de 1988 en que se conmemoraba el cincuentenario de la desaparición física del más universal de nuestros poetas: CÉSAR Abraham VALLEJO Mendoza. Yo un estudiante universitario todavía con la cabeza de turco envuelto como en colorido turbante lleno de sueños y ensueños (arrastrando todavía/una trenza por cada letra del abecedario) en esa época que enjusta a mi vida.

Y este fue el poema que leí en su honor*, sumamente emocionado, en multitudinario acto público en la Plaza de Armas de Santiago de Chuco y después ante el frontis de la casa, hoy museo, del vate santiaguino en la romería a la que fui invitado tras la lectura de mi modesto poema, ante el gentío que pugnaba (Cómo escotan las palomas a ballenas) enfervorecido y bravío, como queriendo ensartarse por el ojo de una aguja, en procura de ganarse un espacio y acomodarse holgado en aquel sacrosanto lugar (son testigos/los días jueves y los huesos húmeros,/la soledad, la lluvia, los caminos…):


*CANTANDO, CONTANDO Y RECORDANDO A CÉSAR ABRAHAM VALLEJO MENDOZA EN UNA SOLEADA TARDE DE PROVINCIA

VALLEJO, te cuento y te recuerdo que hoy estuve en tu casa
En tu tierra natal   En toda tu Alma Nacional
Te recorrí palmo a palmo como un caballo desbocado
En tus “Heraldos negros”, “Trilce”, “Poemas humanos”,
“España, aparta de mí este cáliz”,
Hasta sentir silbar como una quena andina
De pura alegría cierto airecillo amable
Al rosario sagrado de tus huesos peruvianos...
Y así te recordé entonces, silenciosa, quedamente
Como se da un suspiro ante una tumba o delicada flor;
Y cantó rabiosa, dignamente, mi indignada criatura
Por las espinas y la hiel de la ingratitud
Que te dieron a beber en amargo cáliz de oro
Cual cicuta, los infames!
Hoy, junto conmigo, te lloraron una persistente lluvia
La soledad acompañada del silencio
La cucaracha amable de mis amados versos
Los caminos andados a trancos largos
Los anillos fatigados de Saturno
Y sus recién desposados novios
Los candados cansados de tanto abrirse y cerrarse
Con oxidadas llaves mal habidas
Los muertos consagrados con los pies descalzos
La tersa piel desnuda de todos estos años
Que prestos te colocan sobre la testa
Luminosa aureola por ser un santo natural
Y te lloraron los trajes nuevos y sus mugres blancas
Los botones nacarados niños
El bastón que enviudó de ti y tú de él
Y una calma muda en esta orfandad de dos pañales
Que tienen los dos, uno cada uno,
Algo de infantiles maternales cunas!...
Y te lloramos todavía versos todos los poetas
Y te lloramos todavía mis Quevedos y yo perlas
Sus lindos huevos de oro que cuestan plata
La gallina de los huevos de oro en lingotes
Y broncíneos pollitos no nacidos todavía...
Y en llorándote y recordándote se nos va la vida
Marinera con aires de dinasta florido donde ahora
Versarás con Juan Ramón, Alberti y Pedro Rojas!
Y me pasé, te digo, por estos amadísimos lares
Un tiempo que por poco me costó la marimorena.
 Atrás quedó el cementerio de Santiago
Untado en alegre Año Nuevo como en el verso:
Inmenso invernadero de los muertos en flor
Donde en vano, vaya, a la mala, malamente
Reclaman hoy, tirantes, overoles feroces
Coles y frejoles, a diente partido, tu osamenta
Y tu camisa aquella que te quitabas en alta voz
Como un tordo frente al mapa de tu (duele) España
Que lloraba o cabeceaba en la pared -según sé- de Perú
Tras la magistral lección de vida que nos legaras
Hasta los quedados dormidos bajo tierra, bocarriba,
Esperan alcanzar a beber también de tu eternidad
¡Que ellos la tengan de ti!
Porque de los últimos fuiste el primero ahora
Todos hablan, escriben, se valen, se sirven de ti
Porque así muertos los Artistas les somos más rentables
A los intereses creados de los dicharacheros...
Pero así es, César, así son -como ves-
Los serviles cuervos de la infamia
Se alimentan de la infamia misma
(Si los vieras... mira que inventar tu voz....)
Así es, César, así es la gente aun en estos tiempos
Cuanto más nos tienen más nos pegan
Más nos cobran, mal nos juzgan y más mal nos pagan
En el maltratado asunto cuando no se nos quiere...
Hay tantos caminos sembrados de espinas para el justo
Que nos obligan a llorar en coro hechos un Paco Yunque!
Sin titubeos, cholo lindo, y sin poses de Varon Dandy
Henchido de amor y poesía te entregaste al mundo
Y ya hoy escrito está tu nombre con letras de oro
CÉSAR VALLEJO en la ETERNIDAD por doquier…




Mi hermana Delia y sobrino Sergio en el carnaval de Aix-en-Provence, Francia"

1 comentario:

jorge varas dijo...

Hola, poeta. Genial reminiscencia, un fresco lienzo literario, en un día histórico para los artífices de la poesía peruana. Saludos.