miércoles, 17 de agosto de 2011

ODA A LA POESÍA: PABLO NERUDA




Cerca de cincuenta años
caminando contigo, Poesía.
Al principio me enredabas los pies
y caía de bruces
sobre la tierra oscura
o enterraba los ojos en la charca
para ver las estrellas.

Más tarde te ceñiste
a mí con los dos brazos de la amante
y te subiste en mi sangre
como una enredadera.
Luego
te convertiste en copa.

Hermoso fue
ir derramándote sin consumirte,
ir entregando tu agua inagotable,
ir viendo que una gota
caía sobre un corazón quemado
y desde sus cenizas revivía.

Pero
no me bastó tampoco.
Tanto anduve contigo
que te perdí el respeto.
Dejé de verte como náyade vaporosa,
Te puse a trabajar de lavandera,
a vender pan en las panaderías,
a hilar con las sencillas tejedoras,
a golpear hierros en la metalurgia.

Y seguiste conmigo
andando por el mundo,
pero tú ya no eras
la florida estatua de mi infancia.

Hablabas
ahora con voz férrea.
Tus manos
fueron duras como las piedras.
Tu corazón
fue un abundante manantial de campanas,
elaboraste pan a manos llenas,
me ayudaste a no caer de bruces,
me buscaste compañía,
no una mujer, no un hombre,
sino miles, millones.

Juntos, Poesía,
fuimos al combate, a la huelga,
al desfile, a los puertos, a la mina,
y me reí cuando saliste
con la frente manchada de carbón
o coronada de aserrín fragante
de los aserraderos.
Ya no dormíamos en los caminos.
Nos esperaban grupos
de obreros con camisas
recién lavadas y banderas rojas.

Y tú, Poesía,
antes tan desdichadamente tímida,
a la cabeza fuiste
y todos se acostumbraron a tu vestidura
de estrella cotidiana,
porque aunque algún relámpago delató tu familia
cumpliste tu tarea,
tu paso entre los pasos de los hombres.

Yo te pedí que fueras
utilitaria y útil,
como metal o harina,
dispuesta a ser arado,
herramienta, pan y vino,
dispuesta, Poesía,
a luchar cuerpo a cuerpo
y a caer desangrándote.

Y ahora, Poesía,
gracias, esposa,
hermana o madre o novia,
gracias, ola marina,
azahar y bandera,
motor de música,
largo pétalo de oro,
campana submarina,
granero inextinguible,
gracias
tierra de cada uno de mis días,
vapor celeste y sangre de mis años,
porque me acompañaste
desde la más enrarecida altura
hasta la simple mesa de los pobres,
porque pusiste en mi alma
sabor ferruginoso y fuego frío,
porque me levantaste
hasta la altura insigne
de los hombres comunes.

Poesía,
porque contigo
mientras me fui gastando
tú continuaste desarrollando tu frescura firme,
tu ímpetu cristalino,
como si el tiempo
que poco a poco me convierte en tierra
fuera a dejar corriendo eternamente
las aguas de mi canto.


PABLO NERUDA

De "Odas elementales" (1954).

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