jueves, 9 de junio de 2011

DE LA SOLEDAD DE SIGFRIDO A LA SOLEDAD DE NUESTROS DÍAS: Por Jorge Ita Gómez

Lúcido y apasionado poeta de la Generación del 90, dotado además de especial talento para el ensayo y la crítica manifiesto en su interesante propuesta para iniciar una estética de la posmodernidad denominada Teoría de las micciones; en la que revela una tendencia de desparpajo y de ironización tanto de la Civilización del Consumo cuanto de los excesos del Neoliberalismo salvaje e irracional; amén de sus igualmente Técnicas de restauración poética (revisar/consultar) y de sus polémicos y enjundiosos artículos desperdigados en fanzines, diarios y revistas de la especialidad.

Antonio Sarmiento (Chimbote, 1966) cursó estudios en las facultades de Ciencias de la Comunicación y de Educación de la Universidad Inca Garcilaso de la Vega, en la que obtuviera el Primer Premio de Poesía en los Juegos Florales de 1986, distinguiéndose desde entonces como uno de pilares fundamentales de la Tradición Poética Garcilasina, hermosa gesta heroica tejida con renovada fe junto a Miguel Ángel Guzmán Dávila e Ita Gómez: terrenalmente recién bautizada trinidad.

Lleva a la fecha publicados Metamorfoseo orgásmico (Lima,1994, Ediciones Amantes del País, 64 pp.) que prácticamente lo arrancó del ostracismo rescatándolo de las pesadillas feéricas en las que (se des) vivía. Tejido al calor abrazador de -como él mismo refiere- “mis lecturas de Franz Kafka y en las canciones de John Lennon”, y cuyo magma poético reconcentrará ulteriormente en sus celebrados -a lo Lautréamont- Cantos de Castor (Lima 1999, Fondo de Fuego Editores, 72 pp.) o “inusitados poemas chatarras”, resultantes de su constante preocupación y permanente búsqueda y reflexión por encarnar los auténticos ideales de toda una generación. Luego vendría Tontas canciones de amor (Lima 2002, Fondo Editorial de la UIGV, 53 pp.), poesía enamorada del amor a la poesía, en el que sigue incesante cantando al eterno tema del amor redivivo en sus diversas variantes con sabiduría extremada y que nos llevan sin dilación directo al corazón enamorado de la amada (divinas Beatrices, Lauras encantadas). Y El junco y la tormenta (Lima 2004, Ediciones El Collar de la Paloma, 59 pp.), poemario de múltiples aristas y tono clásico que le auguran celebridad; pues Arde aquí un sarmiento/poeta amante y guerrero (Pág. 59) de antena atenta y pulso firme, con la pluma y la espada desenvainada ante la maravilla delectante de expectar el credo y las magnificencias de su creado Universo poético.

“El apasionado y fervoroso” poeta que es Antonio Sarmiento en su más reciente entrega denominada La soledad de Sigfrido (Ediciones Altazor, Lima 2010), modelo de literatura costumbrista, explora al modo folletinesco o de una coruscante novelita de aventuras, el dilatado universo literario con todos los medios a su alcance, es decir, se abstrae y extrae lo mejor de él y no agota ni angosta sus recursos expresivos ahí, en el género anfibio, como llamaría Octavio Paz a la fusión de la prosa y la poesía, sino que la configura a ratos y a trazos monologantes y aun va mucho más allá de las lindes y sus lindes, en función de su palabra poética, irreverente y desmitificadora al mismo tiempo.

Dividido en tres estancias diferenciadas, los poemas de la primera sección Metáfora del libro-hombre-pájaro, en palabras de su autor, están empapados de un lirismo de corte romántico que los alejan del estilo “circunstancial” de los textos de la segunda y tercera parte, Animales en su hábitat y La ciudad de los gritos, respectivamente, en los que asoman más bien acentuados rasgos urbanos de marginación y soledad agobiantes, emergentes de la praxis y la convivencia cotidiana en medio del caos social que llevan a refugiarnos en las laberínticas interioridades de nuestra “choledad”, rostro genuino y rasgo distintivo de nuestra finalmente verdadera identidad.

En los tres rubros arriba indicados, están sólidamente bien representados en eclosión de plenitud creativa los poemas Metáfora del libro-hombre-pájaro, Ante la tumba del viejo Marrapai y Cenotafio; En agosto tampoco hay milagros, El fresco, El fundamento, El micro(bios), El último baile, El trazo, Poema con gente divertida adentro, Mujer ancha sin licencia de conducir, El horizonte de Chico Morado; Busto para un rostro cualquiera, La ciudad de los gritos, Gran Parada de Lima, Houdini en el cielo del Rímac, Desapareciendo el cerro San Cristóbal, Fundación de Villa El Salvador, Las constelaciones, Variaciones de la luz y Mercado de baratijas, textos de singular belleza y gran valía, que bien condensan la gaya ciencia, el gracejo y la invectiva propios del poeta.

De otra parte, crea situaciones ficcionales o no e inventa personajes variopintos que van relatando sus aventuras y desventuras a partir del poema, historias dramáticas de la deshumanización del arte y de las civilizaciones debido, entre otras poderosas razones, al uso desmedido del Internet y su amplio espectro digitalizado por la tecnología, en una sociedad global cada vez más de consumo (y de política neoliberal) que automatiza y seduce cada vez más a mayores sectores de la población de a pie, carentes de conciencia y sensibilidad, agazapados en el día a día porque no tienen tiempo para leer, sino apenas para subrepticia y surrealistamente subsistir como en un fresco de Chagall o de Chirico.

Ahí están poblando sus páginas y cobrando cada vez más vida la misteriosa aparición y desaparición de la poeta limeña Vexaida (en realidad Andrea), a quien conoce en largas pláticas por Internet; Blanco como uno de tantos antisociales que pululan enajenados rasgando las vestiduras de la noche; lo mismo así, como creando una atmósfera legendaria haciendo alarde de erudición, el prologuista del libro Leopoldo Santini y Sigfrido con el peso de su soledad a cuestas, acaso alter ego, heterónimo o leyenda viva del mismísimo poeta engastada en el oro refulgente de sus versos para la posteridad.

Como Borges o Mario Vargas Llosa u otros tantos quijotes modernos o pequeños anónimos héroes literarios nos negamos rotundamente a creer en la desaparición del libro, por imposible, pues no se trata ya a estas alturas de dilucidar disquisiciones ordinarias de que vaya a ser o no reemplazado por las modernas máquinas memoriosas llamadas computadoras, siendo el libro como cuando andando los tiempos de la historia, el objeto más preciado de nuestros deseos a la fecha, en el que “se instala la ficción y la maravilla”, dejando para siempre en el olvido qué digo décadas, siglos enteros de malsano oscurantismo y flamígeras lenguas de fuego de la hoguera ignominiosa, al que otrora fueron condenados.

De ahí concluimos que Antonio Sarmiento, poeta garcilasino adscrito a la generación del 90, que antes firmara como Braulio Castor bajo una suerte de desmitificación, decantación, deicidio o metamorfoseo orgásmico, soslayando toda retórica, es un hábil forjador de mundos paralelos y ávido lector de la poesía gravitante de su tiempo, cuyo hilo conductor es la plenitud de su narratividad postmoderna y la sólida construcción de sus imágenes deslumbrantes. Prueba de ello, La soledad de Sigfrido. Léanlo.




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