martes, 1 de diciembre de 2009

CARMEN CITA CHELAS CHELITA CHELA



“Somos cuentos contando cuentos; nada”.

Fernando Pessoa.



-Carmen... Carmen... Carmen...

Se llama Carmen repetía para sí, una y otra vez, con extraordinario deleite sin parar de soñar con los ojos abiertos, hablando en alta voz y mesándose a un tiempo la incipiente y rala barba del bozo; saurio tendido a lo largo del desvencijado sillón, desafiando abierta y cínicamente la marcha impertérrita del tiempo, como un auténtico rufián sin oficio ni beneficio conocido cumplía cabalmente el ritual de lo que él tan bien daba en llamar “la siesta de un fauno socarrón”, en los quintos apurados del edificio en que vivía...

Todo empezó un día, muy temprano por la mañana, en que como de costumbre, a tontas y a locas, salió disparado como un dardo envenenado velozmente rumbo al trabajo, bajando a largos trancos las estrechas escaleras del edificio verde nilo, contiguo al otro, verde botella; con el nudo bohemio de la corbata a medio hacer y un resquicio del último sorbo redentor de café humedeciendo tenuemente sus labios trémulos por el pánico, al ver que las manecillas imantadas del reloj si hasta parecían decirle con sorna: fatal es!, mientras iba de tumbo en tumbo sorteando en la calle el inminente peligro de ser arrollado por un auto, de esos que tienen a un loco de la velocidad al volante.

Efectivamente, Carmen se llamaba aquella frágil jovencita con quien hubiera tanto deseado como no ocurrió estrellarse aparatosamente hasta terminar sin querer queriendo aferrada a ella -o ella a él, en el mejor de los casos, como en un tango: Un malevo- a seis manos como un pulpo y no soltarla hasta entablar una más íntima y estrecha comunión con ella; quien al parecer y a juzgar por los hechos se dirigía también a su centro de labores, desde la primera planta o nivel del edificio en cuestión.

Lucía muy bien vestida de seriecita, no obstante el rojo intenso de su saco sastre; con unos lentecitos que le adicionaban más donosura a su donosura y más aires a sus aires de secretaria ejecutiva decente.Ya en el salón de clase, tomando clara conciencia de su condición de docente, merced a la indisciplina promovida por los alumnos y a la fría sudoración que recorría o del cual era presa todo su ser, intentó inútilmente hilvanar sus ideas: si aplicar dinámica de grupos, Phillips 66, tal o cual cosa, vaya usted a saber o qué sé yo... dejarlos salir al recreo a deshora; pues tenía la mente en blanco y la idea fija puesta en aquella muchacha: Linda bella linda querubín alma de Dios o inquietante musa; osito de felpa luna de otoño manzanita del amor polvo de estrellas media naranja o alma gemela, que le había turbado la mirada y hurtado de por vida el corazón.

- No le atinaba a nada. A nada.


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No le atinó a nada un buen y largo rato hasta que finalmente y sucedidas milagrosamente una a una las horas fue salvado por el timbre chillón anuncia salida. Él primero que los alumnos o los alumnos primero que él o como fuere, abríanse paso entre el jubileo, trompicones y griterío generalizado, típico distintivo de fin de semana, pugnando por ganarse la puerta y alcanzar los aires de libertad que ya sudaban, se marchaban a sus casas formando un séquito de nubes plomas o cual bandada de juventud nuevaolera a oír algún promocionado concierto de Rock and roll o a espectar con el júbilo enardecido el clásico "U"-Alianza al Estadio Nacional José Díaz.

Atormentado como estaba por esos azares que tiene el destino, sentía ahogarse en un mar de dudas, hasta que al cabo de unos minutos rompió bruscamente el aura azulverdeamarillo del frágil silencio que lo envolvía como un delicado manto protector.

-¡Caramba! -exclamó, asentando certeramente un seco y contundente golpe de puño en la palma abierta de su mano izquierda. Y ahora, qué hago? ¿Qué hago?...Ni idea tenía de cómo hacer para acercarse a ella, hablarle, hacerse amigo o su amante... Sintiéndose acorralado entre la espada y la pared, a punto ya de colapsar en la locura, envilecía sus más nobles sentimientos, urdiendo tretas, maquinando delirantes ardides no exentos de la líbido.

-...¡Pero qué miér...coles me sucede!...-¿Dónde está el pillo que me creí engañado ser en estos menesteres?

-Soy un grandísimo tonto, lo sé. No, no, no! Un imbécil, es lo que soy -decía para sus adentros.Cuando en eso, sintió de pronto entonces en plena calle venírsele como una hemorragia aquellos lejanos versos juveniles inspirados febrilmente por Graciela, Chela, Chelita o Coca, cuyas primeras letras rezan como sigue:


"Tiemblan mis huesos como la gelatina
al querer decirte que te quiero;
mas no sé si deba o no decírtelo,
como es normal, mil cosas temo
y sin decir más nada
quisiera ya decirte que te quiero".



-¿Qué será de ti, mientras pienso ahora en ti, imposible y ya lejano amor de juventud? -con ciertos aires de nostalgia infinita musitaba quedo, muy quedo...

Disipados esos rezagos de reminiscencia inopinados y al no oír respuesta alguna a sus inquisiciones lanzadas imprecatoriamente como bocanadas de humo al cielo, sintió nuevamente hundirse como en un colchón de agua o plumas en el más profundo y absoluto de los silencios, sin saber una vez más qué hacer como un niño tonto; más que tonto, torpe e inútil para tomar decisiones valederas e infalibles, ahí, cuando estas se requieren, inequívocas; dándose de bruces con la realidad inmediata al sentir el trino interrumpido del llavero en la chapa de la puerta, que intentaba, al cabo de mal girar la llave platinada, abrir.


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Al cabo de algunas semanas volvió a repetirse la misma historia. Y como bien dice la gente: en la repetición está el gusto (o el disgusto) como para volverlo a contar (o no) con pelos y señales.Libre ya del polvo y paja anterior, esta ocasión abrir la puerta significó para mí hacerme una idea de lo que es ingresar, previa agua bendita o de colonia, a una especie de Paraíso Celestial amén de San Pedro o Dios.

No sé si decir gracias suerte patita de conejo parió Paula o milagro al hecho fortuito de tener parada frente a mí a quien tan sólo le faltaba la colita de pescado, soportando la impertinente mirada mía pegada a la suya como chicle porque no se me escape como fideos cabello de ángel entre los dedos. Al menos, no sin antes confesarle esta vez al detalle todo, todo lo que siento, desde la vez primera en que la vi bella bella bella bellísima...

Trémulo por la emoción, con cierto ligero temblor en la voz y sin quitarle la mirada de encima por nada de este mundo, con ademanes que bien correspondían al siglo XVIII, muy cortés y casi entrecortadamente la saludé hecho jirones de afectación por la dicha y la emoción que me embargaba de la cabeza a los pies. No exagero un punto si digo que poco me faltó alfombrar de besos el sucio piso para que ella Su Majestad, la Reina de mi corazón pasara sin pasar del todo por mi lado.

-¡Hola! -le dije, como si ya la conociera de siglos atrás y no de ahora.

Ella a su vez respondió amable, tierna y femeninamente a mis requerimientos, dejando traslucir cierto dejo de nerviosismo y sorpresa, como es natural, por mi acometida audaz e inesperada.

-¡Ah, hola! -me respondió puntual, ya repuesta de la sorpresa inicial.Le volví a sonreir insinuante y coqueto, como quien espera el beso. Ella simplemente sonrió a todas luces, ingenua y transparente, como es; y como no podría ser de este ni de ningún otro modo, qué bah!... Sentí por un momento congelarse mi alma ardiente; luego de un prolongado pero corto silencio ambos sonreímos como si por primera y única vez nos fuera a santo de no sé quién dado ser felices.

Eso fue todo, mucho azar o poca dicha para vivirla en un solo día. Luego vino como por añadidura todo lo demás. Historia sabida de entregarse a la pasión primera: fue mía y me hice suyo en cuerpo y alma para siempre aquella noche buena de luciérnagas apagadas y astros lejanos.

No hubo esta oportunidad la imperiosa necesidad de visitar ningún bar en pos de bebida espirituosa alguna para armarse de valor. Como por arte de magia o encantamiento se abrió para mí (a modo de plumas de pavorreal) el abanico de posibilidades que matinée, vermouth y noche tanto añoré: ahora ella, convertida en mi flamante esposa y amante fiel, espera un niño o niña. Y el hijo mayor, fruto de nuestro más tórrido y apasionado amor, es el Hijo de Nuestras Obras: el cuento que en estas líneas feliz termino(a).



Jorge Ita Gómez

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