jueves, 13 de agosto de 2009

OPINIONES Y JUICIOS DIVERSOS SOBRE POEMAS CIFRADOS EN ALGODÓN CON SANGRE



La poesía de Ita Gómez está sostenida por un lenguaje sencillo cruzado por hábiles quiebres del lenguaje popular que sirven para expresar mejor el bullicio, la alegría y las desazones de la gente del pueblo. En otros momentos se vuelve más intimista y entonces perfila mejor el itinerario vital de una travesía marcada por la solidaridad y el autoexilio y, aun, por el dolor y el recuerdo del hermano amado. Siempre hay en su palabra un elemento intermedio (el ansia, el vino, el amor) que le sirve de apoyo e impulso para expresarse poéticamente. En esta necesidad de afirmarse en algo o en alguien para asentarse poéticamente no utiliza la confrontación directa sino la velada, aquélla capaz de controlar la realidad mediante una personalidad literaria vital, fuerte y suave a la vez cruzada por esa "lenta claridad (lo poético) de tempestad (la realidad) en calma". La dialéctica de su voz se hunde en la "otredad" para posesionarse de sí mismo y dar una visión más cabal de lo que desea testimoniar. Hay en general una aproximación a los estados de exacerbación del subconsciente y a un deseo de usar el cuerpo como vehículo de la experiencia poética a fin de sumergirse en en esos espacios interiores, inabarcables. Su rastro autobiográfico lo asedia, así, permanentemente. En buena parte de sus textos hay un hábil aprovechamiento, lúdico, de los aspectos gráficos y polisémicos de la palabra, extendido hasta los caligramas. Por otro lado, al ensayar el haikú -en donde observamos ludismo caligramático y semántico de las palabras y una ironía amable- el pequeño poema se convierte en un espacio para la invención, la travesura, el ingenio, y la polisemia: "Nadie me gana/Cuando cojo manco mudo/Pluma o espada".


MANUEL PANTIGOSO


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POEMAS CIFRADOS EN ALGODÓN CON SANGRE DE JORGE ITA GÓMEZ



Espectros de manes, de súcubos y duendes traviesos, duendes familiares, esos que utilizaban nuestras abuelas para darnos miedo, pululan, serpentean, se yerguen brusca y escamosamente como cobras azuzadas por la punta de un palo muy largo…

Aparte del amor a la tribu, al clan, al ácido genético –o tal vez con ellos– otros reptiles se inmiscuyen y contribuyen al veneno de las familias; en cuanto a las cobras, que son ciegas, que no saben la distancia que les separa del tierno agresor, que bailan al son de la flauta del poeta-fakir, dudan, no pasan al ataque, miran la punta del palo o fierro que las mantiene a distancia…

El poeta celebra con sus propios hierros, que son las palabras, la salud del hermano que ha escapado de la muerte, dice que la sangre es tinta roja, pero dicha sangre será expuesta al viento, a la nada, sólo abocada al recuerdo y galvanizada con palabras.

Geográficamente, el espacio del verso evoluciona en un espacio poético-referencial turbio y claro a la vez, en una atmósfera de hospital cargada de viento y de aire. Al enunciarlo de esta manera, el poeta, celebrando la salud recobrada del hermano, se festeja a sí mismo; se adhiere como una hormona terca a la noción de familia, siente los sufrimientos del hermano como suyos, tartamudea con asonancias, latinismos y anglicismos, vuelve con brío al monólogo interior. El lenguaje utilizado farfulla y se deconstruye.

Ita Gómez hace arrodillarse las pérfidas palabras a la mala, con fuete, con espuelas y escupitajos. Y de pronto surge el santo que le pide cuentas a la eternidad, es decir al reloj, encarnación mecánica de ésta. Se fija en la belleza de las cosas, en las siluetas, en lo que sea, pero sabemos que las desdeña de manera ambigua. Ramalazos de luz solar: el poeta recuerda las noches oscuras del alma, transita incansable por los pasillos del hospital, escruta las batas blancas de doctores y enfermeros, y vallejianamente se dirige al hermano deseándole salud, lo único que vale en esta vida precaria…

Estamos en Chimbote donde el hermano acostado combate con el dragón de la muerte… Se alude a la pestilencia (¿relente de cadáveres, de basurales, de barrios marginales?) mezclada al agua oceánica que redime de la pestilencia, y dice: “A muchas leguas de aquí / Apesta a pescado podrido” . Luego, habla de otras cosas, pero todas sucumben ante el poder primordial del sexo. Delirios místicos, distorsiones verbales y sueños se intercalan con balbuceos líricos y telón de fondo de canciones.

Hay muchos registros que se superponen en la poesía de Jorge Ita Gómez, referencias geográficas y poéticas, Fray Luis de León se codea con un vals criollo, computadoras y cigarrillos. Luego, agradablemente, desconcierta al lector con caligramas y puestas en escenas tipográficas respirando bien, con poesía. Corresponde al lector sentir la carga lírica.


Miguel Rodríguez Liñán.

Marsella, Francia, 26 de mayo del 2002





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