jueves, 10 de enero de 2008

MARCELINO APARICIO Y SU NOBLE DAMA DE COLÁN





LA NOBLE DAMA DE COLÁN


Por: Marcelino APARICIO J.


A grandes trancos, con el corazón latiendo sin cesar y la respiración anhelante, el novel vigía descendió de los altos torreones enjalbegados. “¡Vienen, vienen... ya están aquí... están aquí!” –gritó desesperadamente; mientras tibias gotas de sudor chorreaban por su frente atezada, un temblor persistente sacudía sus labios y la sangre estaba a punto de congelársele a causa del sobrecogedor espanto.
Con tosco mosquete en mano atravesó la plaza de armas y entró, como alma que lleva el diablo, al convento de los mercedarios, que a esa hora seguían orando con indesmayable unción. El deán español, Miguel de Torquemada, arrellanado en la vieja poltrona de mimbre, junto al resplandor de una tronera, vio pasar aquel espectro vaporoso y se puso de pie, como activado por un íntimo resorte. Comprendió, casi al instante, que la suerte estaba echada de modo que sería mejor prepararse para enfrentar el cataclismo infernal. El viento de la tarde soplaba con ímpetu desde el mar, levantaba torrentosos remolinos que reptaban entre los cerros y luego desfallecían en la inmensidad del desierto.
–¡Llegaron… llegaron... los malditos piratas llegaron, padrecito Torquemada! –exclamó el centinela de perfilada cabeza hirsuta y babeantes labios, mientras el religioso trepaba a toda prisa las empinadas escalinatas hasta las buhardillas de la iglesia, desde donde pudo ver, espantadísimo, el bauprés del navío inglés –pomposamente llamado– “Cagafuegos”, al mando del comodoro J. K. Spilberger y su horda de asesinos. Las campanas del monasterio sonaron a rebato y se oyeron en todos los rincones del puerto de San Francisco de la Buena Esperanza de Paita. Incluso el giboso músico, don José Mercedes de Huertas Aparicio, hizo sonar estrambóticas trompetas y un indio tallán arrancó quejumbrosas notas de un pututo de Yacila, pidiendo talvez clemencia al magnánimo Naylamp.
–¡Van a quemarlo todo: la iglesia, el monasterio, la casa de la gobernación, los almacenes, el muelle; nos van a matar a toditititos; huyamos al desierto! –bramó el vigía, ante la torva mirada de Torquemada que no sabía qué hacer para cerrarle el pico.
–¡Nadie va a quemar este pueblo! ¡Nadie, nadie, nadie! ¿Me entiendes, muchacho? –enfatizó Torquemada y en el mismo tono añadió: ¡Déjate de decir sandeces!
–¡Vámonos de una vez, antes de que sea demasiado tarde! ¡Vámonos, ya todos se han ido, solo quedamos nosotros, larguémonos al tablazo, padrecito! ¡Allá estaremos a salvo! ¡Huyamos, porque este pueblo está condenado a ser quemado por los piratas!
–Joder, joder, Pedrito... cálmate hombre, nosotros no nos vamos; aquí resistiremos hasta el final. ¡No permitiremos que esa bola de herejes incendie este pueblo, ni mucho menos que dañen a Nuestra Santísima Virgen de las Mercedes! ¡Primero pasan sobre mi cadáver!
–¡Con qué nos vamos a defender; no tenemos armas, no tenemos nada, padre! ¡Cómo vamos a enfrentarlos! ¡Usted está loco de remate! ¡Yo me voy! ¡Me voy en este mismo momento; la mamita Meche me ha de perdonar!
–¡Carajo no te vas; te quedas conmigo! ¡No te mueves, mocoso majadero! –acotó imperiosamente el sacerdote.

***

J. K. Spilberger, uña y mugre del tristemente célebre sir Francisco Drake, tenía todo el aval de doña Isabel I de Inglaterra, poderosa y astuta soberana que solía comer de la mano de piratas, corsarios y filibusteros, convertidos en viva lacra que golpeaba las ricas posiciones españolas en América del Sur. J. K. Spilberger había zarpado de Plymouth con cuatro navíos, 120 cañones y 345 tripulantes. Acababa de asolar la costa central del Virreynato del Perú, donde tomó de rehén al Visitador de Tierras don Joaquín de la Palata y cundió el pánico en la Ciudad de Los Reyes cuando mandó ahorcar al Contador y Oficial de las Cajas Reales, don Nicolás Gonzales y Carvajal. Ambos personajes eran plenipotenciarios de su Excelencia don Felipe III de Habsburgo, cada día más preocupado por la rapiña de ultramar que amenazaba esquilmar la boyante Hacienda Real, ante la inoperancia y desidia de almirantes y condestables, acostumbrados ora al ocio, ora al boato en las licenciosas cortes americanas.
La flota corsaria, encabezada por el mítico “Cagafuegos”, asedió durante dos semanas la fortaleza del Callao, cuyo gobernador, el timorato don Gaspar de Mogollón y Lama, entregó veinte barras de plata y cinco mil pesetas de cobre a cambio de que J. K. Spilberger abandonase el litoral. Incluso, doña Isabel Flores de Oliva, primera nativa de estas cálidas tierras en ser elevada a los límpidos altares, al ser noticiada de tan escabroso hecho se encerró bajo seis llaves en la ermita de Pachacamilla sin comer ni beber durante cuatro días y a golpes de cilicios pidió al Eterno Salvador que alejase de estos muy cristianos lares a los espíritus endemoniados. Cuando la santa patrona dejó de orar, las tétricas siluetas de los bajeles enfilaban proa hacia el norte. J. K. Spilberger tenía el pensamiento fijo en los doblones de oro y la plata, las piedras preciosas, los fardos de lustrina y la fina cerámica de Catay, celosamente puestos a buen recaudo en los grandes almacenes de San Francisco de la Buena Esperanza de Paita. “La plaza está desguarnecida. Será papayita hacernos de ese jugoso botín”, le aseguraron al barbudo pirata inglés de larga figura, ojos azules, muelas afiladas y rengo andar.

***

De pronto, Torquemada, siempre acompañado del fiel vigía, (no se sabe cómo lo convenció de quedarse en el pueblo) se encontró en medio de la soledad absoluta de las calles. Cabizbajo y meditabundo, reconoció que los últimos mercaderes habían huido, escalando atropelladamente las lomas que circundan la aciaga comarca. Sin rumbo anduvo por el caminito empedrado que corre junto al mar y llegó hasta el comercio del espadero don Teodoro García-Ruidías. Encontró a un indio de famélico aspecto que al verlo corrió a tirarse a sus pies. En ese sublime momento, el dentudo mercedario recapacitó sobre la temeraria resolución de quedarse en San Francisco de la Buena Esperanza de Paita, pese a la amenaza de J. K. Spilberger. Tal vez el novato vigilante tenía razón. “Mejor me hubiera marchado cuando todos me lo pidieron, pero terco soy. Quizás, si lo hubiera hecho, Nuestra Santísima Virgen de las Mercedes jamás me lo habría perdonado”, discurrió Torquemada enjugándose con el dorso de la mano los grandes ojos verdes, bañados por lágrimas que no quiso mostrar al quisquilloso centinela.
Entre sollozos, el indígena de raído taparrabo, le pidió protección para su concubina, una adolescente de largas trenzas azabaches que permanecía tirada sobre un petate dejando a ojos vista un abultado vientre. Lloraba sin consuelo y se cogía las teticas hinchadas. Torquemada se llevó las manos al rostro. “Lo que nos faltaba, Señor” –se dijo para sus adentros y enseguida los conminó a que buscaran refugio en los acantilados, lejos de los rufianes. Antes de que Torquemada saliera de la trastienda, el aborigen musitó:
–Doña Paula Piraldo está con su gente; me mandó a llamarlo, padre Torquemada; pero mi chola...
El cura sonrió levemente aliviado, y mientras lo hacía se convenció de que J. K. Spilberger no se saldría con la suya esta vez.

***

Después, Torquemada pasó por la morada del gobernador donde halló dos guardias con filudas partesanas custodiando el portal. En el vasto silencio solo oyó el arrastrar de sus pasos, ahogados por el rumor de las olas encrespadas que reventaban contra los roquedales del malecón. En la rada contempló las balsillas que los naturales del caserío de San Lucas de Colán utilizaban para traer botijones de agua dulce y un galeón español en el que había llegado, procedente de Panamá, el nuevo Virrey del Perú, don Francisco de Borja y Aragón, príncipe de Esquilache. Bandadas de hambrientas tijeretas merodeaban sobre el muelle graznando bulliciosamente. Torquemada siguió pensando en doña Paula Piraldo cuando ingresó al monasterio, de modo que no quiso darse por enterado cuando le contaron que el centinela había desertado finalmente.

***

Miguel de Torquemada encontró a Paula Piraldo sentada a la mesa, rodeada de varios indios que regresaban de una huaca de adorar a sus dioses ancestrales, herejía que el Santo Oficio dejó pasar como inadvertida debido a los momentos críticos que se vivían.
La nariz perfilada de la hidalga encomendera de San Lucas de Colán hacía juego con la fineza de sus mejillas y la viva expresión de sus ojos verdes encajaba perfectamente en la morenez de su faz. Siempre llevaba ancho vestido de algodón escarlata, guantes de seda blancos y ancha gola almidonada. El sacerdote y la noble dama hablaron durante dos horas; luego Torquemada salió y vio los primeros esquifes atiborrados de haraposos villanos que trataban de ganar la playa sin dejar de disparar sus arcabuces y mosquetes. Una descarga de bombardas, lanzada desde el “Cagafuegos”, destruyó las torres de la iglesia La Merced y los barracones en los que pernoctaban los balleneros de los mares del norte. El espanto acometió el alma de los moradores, el frenético aullido de los corsarios no cesó ni un instante y la parturienta de la casa del espadero don Teodoro García-Ruidías, no dejaba de gemir sin poder dar a luz aún. Parado bajo la sombra de unas palmeras, Torquemada observó el avance irrefrenable de los piratas: se le notaba desafiante y aputamadrado. Al verlo, J. K. Spilberger expelió estentóreas carcajadas, mientras un ara parlera de Panamá, que llevaba en el lisiado hombro izquierdo, repetía insistentemente: “Mierdas, mierdas... oro, oro queremos oro”…

***

Al mediodía, el oidor de la Real Audiencia de Lima, don Pedro de Argandoña, que se encontraba de paso por San Francisco de la Buena de Esperanza de Paita rumbo a Sanlúcar de Barrameda, fue informado del funesto suceso y le dio un patatús. Después montó en cólera y fue presa de una crisis de pánico. Cuando vio a los primeros arrieros que huían en sus acémilas de barrigudas alabardas, salió de la recámara matrimonial y saltó a una de las carretas; sin darse cuenta de que sólo llevaba encima unas mugrosas bragas azulinas.
En el colmo de la cobardía, abandonó en el lecho nupcial a su joven esposa doña Felizcar Novoa-Patiño. El gobernador de la plaza, don Gaspar de los Godos y Noel, también se escabulló y dejó su espadón en manos del curaca Ipanaqué, que tenía por misión proteger la vida de doña Felizcar Novoa-Patiño. La litera del Virrey don Francisco de Borja y Aragón, Príncipe de Esquilache, con su numeroso séquito de sirvientes, nodrizas, consejeros y el virolo espolique, cerraba la caravana, que a lo lejos se veía cual sinuosa columna de ratas en fuga. Hasta la enclenque abuela doña Inés Carrasco del Tovar, que todas las mañanas le daba de comer a las palomas de la Plaza de Armas, se mandó mudar en el burro hermafrodita de don Gavino Artadi.

***

La pandilla de bárbaros profanó la capilla del Convento de la Merced, ante la airada protesta del padre Torquemada. “¡Fuera de mi camino, cura pajero!”, –espetó J. K. Spilberger mientras el ave empenachada repetía sin control: “Mierdas, mierdas… oro, oro queremos oro”. En aquel sacro santo lugar, los europeos expoliaron las alcancías, barrieron con las monedas de plata, vasos de oro y un incensario tapizado con láminas de plata de la ubérrima Huancavelica. Cuando descubrieron las diademas de diamantes de San Pedro Nolasco se abalanzaron como buitres por la carroña. Después, a sablazo limpio, intentaron decapitar a la Virgen de las Mercedes, en la errónea idea de que guardaba un fabuloso tesoro en la cabeza. De un jalón arrancaron los aretes áureos de la sagrada efigie. Luego del saqueo, arrastraron por los cabellos a la Virgen de las Mercedes y en plena vía pública la atacaron a pedradas, exhalando dantescas blasfemias.
Los villanos cargaron con los restos de la venerada santa, cantando y danzando a los acordes de una cítara, mientras se llevaban a la boca grandes botellones de agridulce morapio de Jérez. Sacaron en volandas al padre Torquemada y amenazaban con marcarle las posaderas utilizando una carimba al rojo vivo. “El curita se caga de miedo, le vamos a cortar los huérfanos para que no haga chuculún” –vociferaban en son de burla y expelían grotescas carcajadas. Además raptaron a la reina de belleza de las últimas carnestolendas porteñas, que lloriqueaba clamando auxilio, sin que nadie se diera por enterado.

***

Fue en ese momento que Paula Pilardo entró en escena. Acompañada por sus fieles caciques del corregimiento de indios de San Lucas de Colán, subió al torreón de estrechas escaleras y distribuyó arcabuces entre sus afiebrados adeptos. Luego llegaron oriundos de Amotape y El Arenal con macanas y hondas, dispuestos a repeler al cruel invasor. Paula Piraldo, al ver que los pillos se llevaban a la Virgen de las Mercedes y buscaban que San Francisco de la Buena Esperanza de Paita sea pasto de las llamas, metió dos arrobas de monedas de cobre en la boca de las culebrinas y disparó sin descansar durante media hora. Las minúsculas piezas de metal impactaron en los salvajes rostros de los asaltantes del mar, que aterrorizados por el inesperado estruendo dejaron caer a la santa milagrosa y al cura Torquemada lo arrojaron por la borda de una de las chalanas en las que huían; temerosos de que las fuerzas reales de don Felipe III de Habsburgo se hubieran reconcentrado. El Océano Pacífico comenzó a crisparse y grandes olas espoleaban las quillas de los navíos ingleses. J. K. Spilberger sacó su pistola de pedernal y disparó contra los rebeldes, que respondieron a punta de arcabuzazos desde los torreones y las atalayas. Paula Piraldo contraatacó con vetustos falconetes de hierro que, pese a la opinión generalizada, cumplieron a cabalidad su labor y contribuyeron a poner en fuga a J .K. Spilberger y sus secuaces, que nunca más osaron posar sus pezuñas en estos territorios de América del Sur.


MARCELINO APARICIO



1 comentario:

dalvaro dijo...

Interesante como se rescata una parte del pasado, que siempre es necesario conocer. Aunque me sorprende que entre las expresiones de piratas del siglo XVIII ya se utilice los tèrminos "chuculun" y "pajero", propios de la jerga periodística de algunos diarios limeños del siglo XXI. En fin, son detalles que se pueden evitar.