martes, 4 de diciembre de 2007

POR JORGE CÉSAR ALVARADO GÓMEZ


PAPÁ NOEL


Montado en su trineo de sueños
tarareando villancicos nórdicos
volverá con su costal repleto
a visitarnos el viejo Noel.
Su corazón mercantilista
que late sólo por temporadas
revivirá en la oferta y la demanda
de los mercaderes de diciembre.
Papá Noel:
llegas puntual y elegante
a las residencias plutocráticas.
Los hogares pequeño-burgueses
te reciben con pavo y champaña;
mientras los niños escogidos
aguardan el obsequio del cielo
que repartes dadivoso con tus manos.
Padrastro Noel:
tus pasos de mensajero divino
olvidan el camino miserable
de los hogares hambrientos.
¿Sabes cómo juegan los niños humildes
en esta patria distante de Belén?
Mira sus trencitos eléctricos
hechos con cajitas de fósforos
manejados a control remoto
desde sus tiernos cerebros.
Mira las muñecas espléndidas
de material de carne y ojitos dormilones
con sus cabecitas y vientres de retazos
y sus vestidos de idénticos andrajos.
¡Qué espectáculo maravilloso de JUSTICIA!
¿Verdad generoso Santa Claus?
Hace ya buen tiempo, viejo Noel,
desiquilibraste los átomos
de mi fe cristiana.
Tu imagen hábilmente maquillada
por el imperio del dólar
se ubica en la contratapa de la Biblia.
Tu libro editado en inglés
se traduce a la sonrisa universal,
ingenua y agradecida de los niños.
¡Oh, si ellos supieran
que eres un simple sicólogo
especialista en la venta
desmesurada de juguetes!...
Adiós decrépito Noel,
cuando llores con lágrimas de cera
tu desigual reparto
el algodón de tu barba
se irá cayendo por copos
y no habrá quién se digne
a ponerte otro traje de púrpura.
Noel: algún día no lejano
los niños humildes de mi patria
encenderán la pólvora de los reclamos,
tu piñata de Sancho Panza navideño
estallará en fragmentos de estiércol
y de los tugurios hambrientos
de los barrios desdichados
brotarán Cristos desnudos y auténticos
como los que a diario nacen
en este paraíso de injusticias.



PRELUDIO


Esta mañana resplandeciente, Dios ha querido abrir su pecho para mostrarme su corazón y aprovechando la bondad de sus latidos, trato de acompasar el ritmo de mi prosa porque hoy, precisamente, pretendo modular para mi anciana madre, un canto que conlleve el unánime caudal de mi cariño.
Quiero a la luz de este motivo, reencontrarme con mi alma, ir en pos de ideas vírgenes y de metáforas sublimes.
Quiero mostrarme puro y primitivo, como el agua fresca que dialoga con los montes con su lenguaje de arcoiris y sus hipérboles de lluvia.
Quiero extraer de las entrañas del verso un Himno de Amor para mi abuela linda, que suplió con maternal ventaja, las veces que mi verídica madre no pudo realizar por temprana e irrevocable muerte.
Para ella que con sus ojitos cargados de tiempo y de infinito fue gastando sus mejores años en la crianza cotidiana de los hijos y los nietos.
Para ella que conoce el revés y el derecho de mis tristezas y de mis ambiciones.
Para ella que finalmente es el único pedestal que merece adorarse sobre la faz de este mundo.
Yo te saludo mujer, madre y abuela.
Yo te saludo, porque eres una mezcla cariñosa de latido, de sonrisa y de flor.
Yo te saludo porque tu delicado rosario de añoranzas empieza a solidificarse en la correcta realización de tus filiales retoños.
Madre mía:
Lo dije siempre, lo diré y lo digo: “Contigo lo tengo todo, desde tus pasos duros hasta tus pasos blancos. Soy millonario de ti gracias a los lingotes de oro de tu pobreza y porque sé que en medio de tantos sinsabores siempre pudiste encontrar un lugarcito para la dicha”.
Dejaré seguidamente, sobre el altar de tus manos arrugadas, un manojo de palabras con pretensiones de poema. Yo sé que tu ciencia gramatical, profunda conocedora del verbo amar en todos sus tiempos y modos te permitirá descifrar su contenido; y si algo quedara por entender la fuerza de mis besos sobre tu frente te traducirán su mensaje.
Viejecita linda, desde este papel en blanco donde escribo para ti, doy por descontado que otra vez mis versos llegarán a tu pecho y a tus lágrimas, porque a tu lado y a tu regazo inspirativo es fácil doctorarse en letras o laurearse de poeta; porque la luz con que te santiguas, ilumina la estrofa más oscura, perfecciona la palabra más tosca y brillantiza el estilo más humilde.



VILLANCICO


Cuando los repiques navideños de la Iglesia sacudan de prisa sus latidos de bronce, sacaré mi antigua guitarra de cedro y de su caja de sirena melodiosa iré desgranando en delicados arpegios, los sublimes villancicos que mis oídos de niño aprendieron de tu canto materno:

“Trompetitas de oro,
campanitas de plata,
platillitos de bronce,
vengan todos a cantar
que en humilde pesebre
Jesús ha nacido ya”...


Madre, llegará la Nochebuena en el calor de tus brazos y en tus besos de vital caricia. Así renovaremos desde el alma de Cristiana el pacto de amor entre los hombres.
Ahora comprendo por qué me decías que Dios está en todas partes, incluso en los niñitos de yeso de los microscópicos retablos. Mira sus tiernas manitas en actitud de bendecir el mundo, como si quisiera recoger una brizna de luz para iluminar el pesebre. Sobre sus pañales de paja revuelve su semilla perfecta hecha de carne y de espíritu. Es todo una víspera latente. Es todo una promesa perenne.
Madre, tú que conoces desde tu vientre el milagro existencial de la aurora, me dejarás sentirme niño para jugar con todos mis recuerdos hasta que llegue el sueño; tal vez, olvidaré por un momento el espectáculo de injusticias que hoy contemplan mis ojos: Esta ciudad es una gigantesca aldea ferial. Los que tienen compran luces de colores, juguetes y sonrisas; mientras los desposeídos muerden su impotencia y su orfandad es una lágrima inmensa. Los mercaderes han desalojado a Cristo de su templo. Los grandes pecados se han tornado en simples infracciones veniales. La fe se ha convertido en billetes circulantes mientras que Jesús palpita en el vientre de la mujer más humilde de este pueblo.
Entrañable Madre, cuando las agujas del reloj se junten a las doce como manos en actitud de plegaria, habrá llegado la Navidad y el menor de tus nietos traerá en sus manos el espíritu de Cristo brillando en el diamante encendido de las luces de bengala.
Señora mía, soportemos la paciencia de la víspera. Hoy el Redentor nos bendice desde su protoplasma divino, muy pronto lo hará desde sus manos y sus ojos.


Jorge César Alvarado Gómez.

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