jueves, 6 de diciembre de 2007

JORGE ITA GÓMEZ: LA EDIFICANTE DESTRUCCIÓN DE RAÚL HERAUD

Raúl Heraud es un joven poeta muy entusiasta sobre todo cuando de poesía y viajes y celebrar la amistad y la vida se trata, hijo putativo además de Sigmund Freud y el Psicoanálisis, que con El arte de la destrucción, su más reciente poemario, como dije de sus libros anteriores, sorprende a propios y extraños, pues le hizo merecedor del Premio Hermandad Latinoamericana otorgado por Creadores Argentinos, país del Plata donde Raúl tuvo corta estancia, y cuyo periplo vital y permanente lo llevó al Viejo Continente europeo, donde tuvo la buena fortuna de recorrer a pie las calles parisinas hasta encontrar, en el cementerio de Montparnasse, la tumba de nuestro amado poeta universal César Vallejo y retornar a la Madre Patria a continuar estudios y poética, y de allí reencontrarse con sus raíces en nuestro país de modo definitivo. Heraud farfulla y deconstruye un evangelio según el cual el hombre, no obstante animal finito y racional, se encamina hacia su propia autodestrucción apocalíptica como "deshecho lírico de Dios". Ya desde el epígrafe inicial citando a Dante, Canto III de La Divina Comedia, nos advierte ante la puerta de El Infierno horrorizador de la condición humana: “¡Oh, vosotros los que entráis,/abandonad toda esperanza!”, como que "uno tarda años en comprender/que la vida converge/sólo para equilibrar a la muerte". Ciertamente, en cada una de las páginas de su libro instaura su reino y morada y eleva triunfante su estandarte de burla el búho, ave nocturna de Thánatos sobre el alabastrino cisne de fieltro de Eros, donde muerte, desesperanza y destrucción, en triunvirato perfecto, suele ser la negra leche del que se amamanta esta vez, no obstante y paradójicamente esa alegría infinita de vivir que irradia y redime al poeta, pues recrea una atmósfera oscurantista acorde con un lenguaje que se transmuta de visceral a tétrica, y cuyo caro legado finalmente se traduce en palabra en tránsito y obra constante, pues "la música de hoy no es distinta/sólo dulcemente oscura,/todo sigue siendo sombra,/tibio y feliz bajo el candil/de los muertos".

Jorge Ita Gómez.


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