domingo, 16 de marzo de 2014

SU POESÍA NOS HA GANADO EN MUDA E INÚTIL BATALLA TODAS LAS PALABRAS DE LA BOCA (Por: Jorge Ita Gómez)


  SU POESÍA NOS HA GANADO EN MUDA E INÚTIL BATALLA TODAS LAS PALABRAS DE LA BOCA

A mi hermana Delia

Por: Jorge Ita Gómez

Corría como un caballo al viento el año 1988 e imbuido de una emoción incomparable, de la cabeza a los pies, por lo que sería a mi parecer la celebración de tan magno acontecimiento, me disponía sin más ni más (Ya va a venir el día, ponte el alma) a embarcarme en un viaje que para mí sería, desde todo punto de vista, la fiesta galante más grande y fascinante de las Letras peruanas, que marcaría un hito mayor en mi ya iniciada febril carrera literaria.

Efectivamente, la pauta ya estaba dada, el derrotero trazado, la fecha y el lugar marcados con piedra blanca sobre piedra blanca en los fastos de la historia. La cita y el encuentro eran inminentes. Partiríamos rumbo a Trujillo y de allí a la libertad con los poetas Tomás Ruiz (+), Miguel Ángel Guzmán y Salvador de la Torre. El pacto de caballeros, sin embargo, en parte no se cumplió; no recuerdo bien debido a no sé qué azares Miguel Ángel, desistió a último minuto de tan fabulosa empresa, y mis dos restantes camaradas me tomaron la delantera.

Me dejaron solo. A la de Dios, desde Lima tuve que darles pronto alcance en Trujillo. Yo no conocía a nadie en Trujillo, y en esa linda ciudad de bellas mujeres y clima primaveral, donde otrora a la sazón había estudiado becado mi padre (Marino Ita Castillo) en el Politécnico “Andrés Bello” internado, precisamente peregrinamos en extenuantes jornadas asistiendo a cuanto evento literario programaran para poder vender trípticos, plaquettes y libros y así poder, a duras penas subsistir, durante 11 días con sus noches.

Once días me quedé en Trujillo junto a los poetas Tomás Ruiz Cruzado y Salvador de la Torre Toro, los tres socios de la conquista, recitando en divina trinidad en colegios e institutos guiados por quien gracias a su gentileza nos acogiera y alojara como a huérfanos pajarillos en su modesta vivienda: una amiga de Tomás, cuyo nombre se me pierde en el tiempo y la memoria, y por quien Salvador terminó entusiasmándose más de la cuenta y yo agradeciéndole infinitamente esos días tan trujillanísimos que no volverán (CUAL mi explicación…/Pero he venido de Trujillo a Lima./Pero gano un sueldo de cinco soles).

Salvador no pudo, enamorado como estaba, hacer honor a su nombre ni tomar para sí como quería a la muchacha, pero sí en prenda se llevó para siempre el libro de oro: Masque de chaux de Georgette de Vallejo, “O douleur inmaculée conception de la mort” que vi, leí ("Tú mi vida/tú mi dolor/Toda mujer eternamente/mece un niño/He nevado tanto para que duermas/y llorado hasta disolver tu ataúd") y respetuoso devolví a su santuario apilado como estaba entre tantos otros libros en una franciscana caja de cartón, atesorada por “aquella amiga (nada) analfabeta de pasión cristiana”. Tomás y Salvador, o mejor aún Salvador y Tomás, ambos, los dos, se quedaron, como se dice, tirando cintura en Trujillo.

Cosas del destino serían, como dice la gente, que tenían que cumplirse sí o sí inexorablemente, más tarde que temprano o viceversa (MADRE, me voy mañana a Santiago,/a mojarme en tu bendición y en tu llanto). El 14 de abril me llegó la hora de partir hacia la libertad, más precisamente a Santiago de Chuco (CILIADO arrecife donde nací), solo como había venido. No hay deuda que no se pague ni plazo que no se cumpla, reza la sentencia sabia y popular. Eran las 9:00 de la noche de aquel día. Apenas probé bocado de los panes con camote que pedí y los últimos sorbos toscos que le di a la humeante taza de café que bebí presuroso.

Viajé toda la noche y la madrugada, pese a que nunca duermo cuando viajo porque me gusta deleitarme con la belleza del paisaje, pero aquella vez rendido por mis falsos trajines y acomodando el rosado de mis llagas caí redondito rendido en los brazos de Morfeo. Al entreabrir los ojos, de cuando en cuando, noté que una incesante lluvia menuda había velado mi sueño, lo advertí por las gotas de rocío que hacían diminutos y redonditos nidos líquidos en las lunas del por poco casi destartalado bus que me llevaba a cumplir viejos designios largamente acariciados.

Cuando desperté y me incorporé ya del todo de mi luengo letargo adormilado definitivamente constaté a través de la luna del carro, me gusta viajar pegado a la ventana solo “como un astronauta frente a la noche espacial”, que ya habíamos llegado sanos y salvos a nuestro destino final. Solo entonces, pude recién respirar tranquilo a mis anchas flacas desperezándome como un marchito espantajo, seca estrella de mar o calavérica cruz con los brazos y piernas extendidos hacia los cuatro puntos cardinales de la rosa de los vientos.

A las 5:30 de la mañana, el bus arribó con las justas al terminal, viéndome obligado a bajar y a tener que esperar a que el día clareara más y más. Como era un perfecto desconocido para todos por esos lares, me dieron las 6:00 de la mañana, temblando de frío, sentado en una de las gélidas bancas de la Plaza de Armas de Santiago de Chuco. Así transcurrieron más horas y la vida con toda su pesada caravana y estandarte de burla se abría paso lento y ancho como un recién nacido río, ante mí.

Como un convidado de piedra, largo rato me quedé ensimismado recordando la impresionante belleza del paisaje esbozado ante mis ojos, los campos de cultivos como una gigantesca alfombra natural recubiertos de una gama de colores verdes en todas sus tonalidades y hasta las cristalinas aguas de los riachuelos discurriendo cantarinas podía sentirlas imaginariamente quemarme las manos con su hielo; en tanto, el desvencijado autobús que nos transportaba serpenteaba zigzagueante en cada curva del camino, sorteando el peligro constante, entre valles y quebradas, de dar a parar, Dios no lo quiso así, al fondo insondable de un abismo.

Se abrió entonces la cúpula celeste del firmamento y hasta el sol nos prodigó aquel día su guiño más dorado. Algo inusual dada la temporada. Brilló esplendoroso en lo más alto al mediodía para nosotros, no obstante haber llovido semanas atrás intensamente. Conforme pasaban las horas y la gente iniciaba su hormigueante labor cotidiana, comencé mi caminata en mi afán de conocer los alrededores del pueblo y dar con sus queridos muertos en flor, que como las plantas que me traje, ya no están más. (Y tu gemelo corazón de esas tardes/extintas se ha aburrido de no encontrarte. Y ya/cae sombra en el alma).

Y como para tener siempre presente el momento vivido, a modo de souvenir me traje desde el cementerio de Santiago, situado en la parte más alta del pueblo, unas plantas que no sabría describir con exactitud: una especie de híbrido de lechuga injertada con alcachofa, cuyas flores de vívidos colores me recordaban al de los geranios rojos, que tanto le gustan a mi madre. Las planté en el jardín exterior de mi casa y el rojo bermellón de sus flores si hasta parecían sonreírme coquetas como el carmín encendido en los labios de las chicas más lindas del barrio, al atardecer.

Después, conforme me iba ganando la confianza de ellos o ellos granjeándose la mía, me iban informando solícitos y al ganarse los lugareños que se esmeran en contar con lujo de detalles (bocas ensortijadas de mal engreimiento,/todas arrastrando recelos infinitos) y hasta el colmo de la exageración a los foráneos, ciertas anécdotas inverosímiles que rayan en el espanto, puras babas cuando no disparatadas ocurrencias en torno a la vida y milagros de nuestro amado poeta; algunas dignas de todo crédito y otras simplemente pamplinas tiradas de los cabellos y alimentadas por la incesante capacidad fabuladora de la memoria colectiva. (“y es verdad que he comprobado;/otras cosas se callaron las personas/que en dar informes se solazan).

Santiago de Chuco me recibió como un gran libro abierto, con una como atmósfera encantada en la que todos los versos de Vallejo se te vienen de golpe a la memoria como una hemorragia incontenible, se siente en sus empinadas y altas callecitas empedradas y estrechas, cierto magnetismo y fuerza telúrica increíbles. Sentía a flor de piel y respiraba a todas luces cierto rico olor a tierra mojada por la lluvia, penetrante como el aroma del café recién servido. Santiago de Chuco es Los heraldos negros abierto. (OH las cuatro paredes de la celda). Y Trilce una llave maestra a la universalidad o maravillosa cárcel de barrotes dorados abierta de par en par a la libertad de expresión en constante ebullición. Vallejo es en cuerpo y alma. Todo está contenido y continente ahí. Su poesía nos ha ganado en muda e inútil batalla todas las palabras de la boca.

Como en los años de la gobernación que vivió Vallejo, (la cólera del pobre/tiene dos ríos contra muchos mares) el pueblo parecía estar dividido en dos facciones; por un lado, el oficialismo representado por las más altas autoridades locales desplegando toda su parafernalia no escatimaba, oficioso, esfuerzos ni recurso alguno desde la Municipalidad Provincial para rendirle justo y merecido tributo al poeta, junto con las delegaciones de escritores y dignatarios invitadas, venidas tanto de Lima como del extranjero.

Y por el otro lado, el pueblo reivindicando con todo derecho y justicia también  para sí el genio y figura de su hijo predilecto; reviviendo así una vieja rivalidad que hasta hoy y pasado ya tantísimos años parece estar aún latente. Cosa por demás triste de saber. Lógicamente, asistido por mi férrea convicción y mis ansias infinitas de filiación y de fe, tomé partido y me hice partícipe voluntarioso de los actos celebratorios de los del segundo grupo. (En suma, no poseo para expresar mi vida, sino mi muerte). Ahora solo me queda el triste consuelo de la firme y solemne promesa de visitarlo un día no muy lejano en París: Ciudad Luz, romántica por excelencia, de los mil y un encuentros.

El momento más grave de mi vida fue en una cárcel del Perú, acusó el poeta muy dolido ya desde Europa, tras sufrir prisión injusta más de tres meses en la penitenciería de su tierra natal. Es posible que me persigan hasta cuatro/magistrados vuelto./Es posible me juzguen pedro./¡Cuatro humanidades justas juntas! Y pasados más de 90 años después, en noviembre del 2007 en palabras del doctor Francisco Távara Córdova, presidente del Poder Judicial de entonces, en tardío acto jurídico reivindicó a Vallejo al llamarlo “reo injusto”. “él se ha ido/Nada ha sido absuelto/aunque él haya perdonado”, replicaría como antelada y premonitoriamente Georgette Philippart Travers de Vallejo.

Nunca antes en mi vida había sentido jamás ese timbre de orgullo y satisfacción que sentí aquel memorable 15 de abril de 1988 en que se conmemoraba el cincuentenario de la desaparición física del más universal de nuestros poetas: CÉSAR Abraham VALLEJO Mendoza. Yo un estudiante universitario todavía con la cabeza de turco envuelto como en colorido turbante lleno de sueños y ensueños (arrastrando todavía/una trenza por cada letra del abecedario) en esa época que enjusta a mi vida.

Y este fue el poema que leí en su honor*, sumamente emocionado, en multitudinario acto público en la Plaza de Armas de Santiago de Chuco y después ante el frontis de la casa, hoy museo, del vate santiaguino en la romería a la que fui invitado tras la lectura de mi modesto poema, ante el gentío que pugnaba (Cómo escotan las palomas a ballenas) enfervorecido y bravío, como queriendo ensartarse por el ojo de una aguja, en procura de ganarse un espacio y acomodarse holgado en aquel sacrosanto lugar (son testigos/los días jueves y los huesos húmeros,/la soledad, la lluvia, los caminos…):


*CANTANDO, CONTANDO Y RECORDANDO A CÉSAR ABRAHAM VALLEJO MENDOZA EN UNA SOLEADA TARDE DE PROVINCIA

VALLEJO, te cuento y te recuerdo que hoy estuve en tu casa
En tu tierra natal   En toda tu Alma Nacional
Te recorrí palmo a palmo como un caballo desbocado
En tus “Heraldos negros”, “Trilce”, “Poemas humanos”,
“España, aparta de mí este cáliz”,
Hasta sentir silbar como una quena andina
De pura alegría cierto airecillo amable
Al rosario sagrado de tus huesos peruvianos...
Y así te recordé entonces, silenciosa, quedamente
Como se da un suspiro ante una tumba o delicada flor;
Y cantó rabiosa, dignamente, mi indignada criatura
Por las espinas y la hiel de la ingratitud
Que te dieron a beber en amargo cáliz de oro
Cual cicuta, los infames!
Hoy, junto conmigo, te lloraron una persistente lluvia
La soledad acompañada del silencio
La cucaracha amable de mis amados versos
Los caminos andados a trancos largos
Los anillos fatigados de Saturno
Y sus recién desposados novios
Los candados cansados de tanto abrirse y cerrarse
Con oxidadas llaves mal habidas
Los muertos consagrados con los pies descalzos
La tersa piel desnuda de todos estos años
Que prestos te colocan sobre la testa
Luminosa aureola por ser un santo natural
Y te lloraron los trajes nuevos y sus mugres blancas
Los botones nacarados niños
El bastón que enviudó de ti y tú de él
Y una calma muda en esta orfandad de dos pañales
Que tienen los dos, uno cada uno,
Algo de infantiles maternales cunas!...
Y te lloramos todavía versos todos los poetas
Y te lloramos todavía mis Quevedos y yo perlas
Sus lindos huevos de oro que cuestan plata
La gallina de los huevos de oro en lingotes
Y broncíneos pollitos no nacidos todavía...
Y en llorándote y recordándote se nos va la vida
Marinera con aires de dinasta florido donde ahora
Versarás con Juan Ramón, Alberti y Pedro Rojas!
Y me pasé, te digo, por estos amadísimos lares
Un tiempo que por poco me costó la marimorena.
 Atrás quedó el cementerio de Santiago
Untado en alegre Año Nuevo como en el verso:
Inmenso invernadero de los muertos en flor
Donde en vano, vaya, a la mala, malamente
Reclaman hoy, tirantes, overoles feroces
Coles y frejoles, a diente partido, tu osamenta
Y tu camisa aquella que te quitabas en alta voz
Como un tordo frente al mapa de tu (duele) España
Que lloraba o cabeceaba en la pared -según sé- de Perú
Tras la magistral lección de vida que nos legaras
Hasta los quedados dormidos bajo tierra, bocarriba,
Esperan alcanzar a beber también de tu eternidad
¡Que ellos la tengan de ti!
Porque de los últimos fuiste el primero ahora
Todos hablan, escriben, se valen, se sirven de ti
Porque así muertos los Artistas les somos más rentables
A los intereses creados de los dicharacheros...
Pero así es, César, así son -como ves-
Los serviles cuervos de la infamia
Se alimentan de la infamia misma
(Si los vieras... mira que inventar tu voz....)
Así es, César, así es la gente aun en estos tiempos
Cuanto más nos tienen más nos pegan
Más nos cobran, mal nos juzgan y más mal nos pagan
En el maltratado asunto cuando no se nos quiere...
Hay tantos caminos sembrados de espinas para el justo
Que nos obligan a llorar en coro hechos un Paco Yunque!
Sin titubeos, cholo lindo, y sin poses de Varon Dandy
Henchido de amor y poesía te entregaste al mundo
Y ya hoy escrito está tu nombre con letras de oro
CÉSAR VALLEJO en la ETERNIDAD por doquier…




Mi hermana Delia y sobrino Sergio en el carnaval de Aix-en-Provence, Francia"

sábado, 1 de febrero de 2014

GATIMONIO: testimonio de amor a los gatos (Por: Jorge Ita Gómez)


El poeta el día de la presentación junto a la editora Fernanda Balangero


      El poeta colombiano Sergio Laignelet (Bogotá, 1969), residente en Madrid desde el año 2000, acaba de firmar para la posteridad su testimonio de amor a la poesía y a los gatos, en Gatimonio (Lebas, 2013), significativo aporte a las letras de habla hispana, en bella y pulcra edición.

Laignelet, reúne 177 poemas de 99 autores hispanoamericanos, entre los que figuran los poetas peruanos César Atahualpa Rodríguez, Arturo Corcuera, Luis La Hoz, Armando Arteaga, Eduardo Chirinos, Antonio Cisneros, Américo Ferrari, Carlos López  Degregori, Roger Santiváñez, Rocío Silva-Santisteban, José Watanabe y Miguel Ángel Zapata.

Complementan la lista de antologados, poetas de otras latitudes como Óscar Hahn, Ernesto Cardenal, José Emilio Pacheco, Carlos Martínez Rivas, Homero Aridjis, José Carlos Becerra, Andrés Eloy Blanco, Jorge Luis Borges, León de Greiff, Eliseo Diego, José Lezama Lima, Alberto Girri, Enrique Lihn, Olga Orozco, Nicanor Parra, Gonzalo Rojas, Jaime Sabines, Ida Vitale, José Juan Tablada, Jorge Teillier, Gabriel Zaid, Raúl Zurita, entre otros.

Conocido es el encanto que sentían los poetas Edgar Allan Poe, Charles Baudelaire, Charles Bukowski y tantos otros más por los gatos, esos nobles animalitos del Señor satanizados en muchas leyendas urbanas como otrora en el imaginario medieval creían ver en él a la encarnación del mismísimo Lucifer, cuando en realidad abonan, como vemos, tantísima más ternura, haciendo derroche de misterio y sensualidad con prosa sobre la marcha.

El gato (Miw) ejerce como su electrizante cola agazapada sobre quien lo contempla cierta fascinación perturbadora, símbolo del poder (diosa gata Bastet) en el antiguo Egipto, se le atribuye siete vidas y se le compara también con un tigre doméstico en miniatura rozándonos al paso con terquedad y ternura obsesiva su elástico lomo el pantalón.

       Como que todos son pardos en la noche, se ha consagrado igualmente en el almanaque a agosto como el mes de estos felinos no por una creencia mística, sino más bien científica: “poliéstrico estacional”, le llaman, al mes de celos e intensos correteos y maullidos perturbadores por todos los tejados. Incluso hay una canción en inglés titulada The Year Of The Cat, que también popularizó en el ámbito hispano en la década de los ’80, el músico, cantante y compositor británico nacido en Glasgow-Escocia, Al Stewart.

En San Luis de Cañete (sur de Lima-Perú) desde hace 19 años todos los 21 de setiembre se realiza la polémica festividad de Santa Ifigenia, llamada también el “Festival del Curruñao” o “Fiesta del Gato” en honor a esta Virgen negra, patrona de las artes de los afrodescendientes peruanos, cuya gastronomía cuenta como principal atractivo con los diversos platillos preparados con carne de gato (guiso y chicharrón, principalmente), hoy penado y prohibido definitivamente por la Ley de protección a los animales.

Verdad o no aquello de que hay mucho misterio y tanta belleza como gato encerrado en la poesía desde el origen de los tiempos, solo queda tirar del gatillo y desentrañar ese enigma secular leyendo con devoción y placer esta magnífica antología gatuna, a la luz de la Luna, entre ron(roneos), agudos maullidos y g(r)ata compañía.


viernes, 27 de septiembre de 2013

LA POESÍA: UNA GRAN VIRTUD HUMANA (Por: Jorge Ita Gómez)


 Años radicado en Estados Unidos, Roger Santiváñez Vivanco (Piura, 1956) nos ofrece ahora su gran Virtú (Hipocampo editores, 2013), su más reciente poemario.

Santiváñez es un poeta virtuoso que en larga batalla con la palabra, ha ido modulando su voz hasta estructurar un lenguaje trílcico escrito en peruano ganado en altas horas (iluminado andarín) de la noche a las frías calles limeñas.

Se puede hablar de un antes (Antes de la muerte y Poemas para iniciados) ensayos o modos -ejercicios materiales/espirituales- de abordar la creación; y un después en su poesía a partir de El chico que se declaraba con la mirada y el consabido correlato de Symbol, Cor Cordium, Santa María y Eucaristía, que se corresponden en espíritu y exploran las múltiples posibilidades del lenguaje y el ritmo interno del verso llevándolos en su desesperación de vida y poesía -dolores morales- a límites extremos por el goce de la belleza.

Bronca poesía lúdica, de ruptura epistemológica en el encabalgamiento y la construcción lógica y natural del verso y hábil aprovechamiento polisémico y semántico de las palabras, en la que sin embargo subyace inalterable esa mística subceleste que nos subyuga.

Virtud se llama esa flama que arde siempre y no se apaga nunca ni creando un huracanado viento de plumas y amapolas.

jueves, 19 de septiembre de 2013

EL MEJOR AMIGO DEL HOMBRE




Guau guau, no hay nadie en casa
Como de costumbre,
Se han ido todos,
Disparados a la calle
También este fin de semana
Y otra vez me han dejado
Temblando de miedo a mí solito

¿Y qué hace un perro
En sus días libres
Ustedes preguntarán?

Salgo a caminar de tarde
¡Tarde de perros!
Dicen unos y otros
“La vida es un hueso
Duro de roer”…
Y en las noches
Me pongo ávido a leer
Memorias de una pulga

Ver en pijama y babuchas
Amores perros
Mi película favorita
Tirado de medio lado
Y comiendo harta canchita

Me encanta bailar
El can-can galo
En dos patitas
Soy un experto
Haciendo poses
Si tú me “engríes”

Poco importa si soy
Perro de raza fina
O chusco can igual
Muevo mi colita feliz
Cuando veo volver
Sanoysalvo a mi amo

Vacunado estoy contra la rabia
Me dé o no de comer
O me metan un puntapié
Por las puras alverjas
“Yo amo a mi amo”
A quien le debo alta fidelidad
Y si el peligro acecha
Hasta ofrendar la vida sin dudar

En noches de bohemia
Cuadrado frente al espejo
Me veo doble nariz:
Tremendo guindón
Remojado en almíbar,
Trozo negro de marroquín
Reseco y cuarteado
Como de mala calidad
Cuando estoy “malito”

Nada que ver con los gatos

(Aunque algunas mujeres enojadas,
A todos los hombres
Que nos les guardan
Jurada fidelidad
Los llaman perros,
Perros, peeerrosss…
Qué culpa tenemos nosotros de eso)

Podré ser recontra juguetón
Rasgar los muebles
Con uñas y dientes
Destrozar zapatos
Y calcetines sucios
Mearme por todos los rincones
(Me encanta hacerlo
En los aros y las llantas
Del carro del vecino
Que me tiene rabia)
Pero jamás dejarle
El corazón hecho
Retazos inservibles a mi amo


MORALEJA:

Cuenta, no te olvides,
Que la verdadera fidelidad
Vestida está de perro.


 JORGE ITA GÓMEZ


lunes, 7 de noviembre de 2011

YO AMO A LOS ANIMALES (Mi nueva colección de poemas)




HABLA CHITA


Me gusta comer uno tras otro harto(s) plátano(s)
Pelar la cáscara amarilla y luego tirarla
Para que alguien la pise, se resbale y caiga
Sentado de poto al piso y celebrar frenética
Con morisquetas y volteretas esa gracia.
Lo peor de todo fue un duro golpe saber que
Los científicos decantaron en el laboratorio
Que yo nunca existí en la vida real solo en el cine
Dicen que el hombre desciende del mono
La verdad yo ya no sé qué creer después
De ver tantas veces mi serie de televisión
Favorita: “El planeta de los simios” y sus V versiones
Tarzán fue el único amigo que siempre tuve
Pero él ya no está para defenderme más
Era el único que aun sin hablar bien
Comprendía a la perfección todos mis gestos
Y nos llevábamos a las mil maravillas
Hasta que apareció en nuestras vidas Jane
Fue un amor a primera vista en la selva
Un flechazo directo a su corazón silvestre
Hasta convertirse en su compañera de toda la vida
Tiempo después se unió a nosotros Boy
También con taparrabos y ensortijado pelo
Éramos muy felices en plena jungla los tres
Junto a leones fieros cocodrilos y nobles elefantes
¡Boy, Boy! (cómo jodes caracho) ¡Ya voy, ya voy!
Y con él hacíamos travesura y media y monadas…


JORGE ITA GÓMEZ

ORNITORRINQUITO BONITO




ORNITORRINQUITO BONITO


Soy el Dr. Frankenstein del reino animal
Armado por la naturaleza
Con lo que quedó de ella
Mi apariencia es más que curiosa:
Tengo pelambre de topo
Cierto parecido con la ardilla
Ancha y roma cola de castor
Patas de rana regordeta
Espolón de gallo de pelea
Pico de pato y dientes de leche
Y de remate pongo huevos
Digno y exótico ejemplar
Del Museo de Historia Natural
Eso sí agallas no me falta
Segrego veneno como sierpe
No les quepe la menor duda
Soy un gran constructor
Y cuando me sumerjo
A las profundidades fangosas
En procura de sustento
Me doy el lujo de nadar sin ver
Cómo Charles Darwin o Dios
Seguro la gente se pregunta
Al verme así todo feíto
Qué soy: nutria, pato o castor
Al fin seguro de mi condición
Y sin titubear un solo instante
A mucha honra yo responderé
¡Ornitorrinco Señor!
Y no horripilante criatura
Ni el eslabón perdido
En la cadena de la evolución:
Soy el amanecer de una nueva especie.


JORGE ITA GÓMEZ

EL REY LEÓN




EL REY LEÓN

Como a la gente
También a mí
Me llaman por mi nombre
Y de cariño me dicen
Minino grande melenudo
Por mis afiladas garras
Y rugidos ensordecedores
Entre cópula y cópula
Aloco a las hembritas
Soy el rey de la selva
Mamífero de nacimiento
Y carnívoro confeso
Soy una fiera
Me gusta comer negritos
Misioneros blancos
Monitos distraídos
Y caníbales digestivos
Mucho gusto

Mi signo es leo
Y soy presidente
Honorario del club
De leones del África.


JORGE ITA GÓMEZ

EL PELÍCANO




EL PELÍCANO


Me gusta comer a pico
Mucho pescado fresco
Por eso lo saco
Directamente del mar
Lleno mi buche
Como buzón de cartas
Con rico pescado
Y no en tachos de basura
Aunque mi cuerpo pesado
No me ayude mucho
Me elevo lo más que puedo
Para precipitarme
Como tirabuzón en vuelo
Sobre mi presa fresquita
Y chisss frito el pescadito.


JORGE ITA GÓMEZ

HIPO PÓTAMO




HIPO PÓTAMO

Pareces un enorme caballo marino
Con orejas chicas y patas cortas
Ancha mole perezosa recubierta
Por gruesas capas de dunlopillo gris
Pipón y regordete te pareces
Mucho mucho a uno de mis sobrinos
O a un vecinito que tengo enfrente:
Puro cachete y papada escolar
En las buenas y en las malas
Siempre siempre me acuerdo de ti
Sobre todo cuando sufro repentinos
Imparables ataques de hipo o resfrío
Cuando llego a casa borracho
Pasada las tres de la mañana
Sin caldo madrugador que me anime
No hay anemia que a ti te tumbe
Eres un animal colosal y portentoso
Por la abundante grasa que recubre
Toda tu abundante masa corporal
A ti sí que debe dolerte mucho mucho
El corazón y la muela del juicio final…
Por eso tiembla la tierra cuando estás
Enfermito y te pones malito en pijama.



JORGE ITA GÓMEZ

DON COCO DRILO



DON COCO DRILO

De la punta de la nariz hasta la cola
Pues llegan a medir hasta seis metros
Parece un enorme tronco añoso
Entre la maleza o ciénaga de los pantanos
Sigiloso flota como una canoa vieja
Ojos de canica verdeamarillos chispeantes
Que le sirven de faro en la oscuridad
Cuán plácidamente se está a veces
Quietecito dejándose escarminar
Las alimañas de su escarpada anatomía
Por frágiles avecillas que osadas
Incluso posan entre sus fauces
A dentelladas con sus poderosas mandíbulas
Destaza con habilidad de carnicero
Huesos, caparazones de tortuga
Y cuando la furia o el hambre lo acorrala
Crea un huracanado remolino con la cola
Para sumergirse en un abrir y cerrar de ojos
Como un acorazado o submarino de guerra
Dando locas volteretas entre las aguas
Cuando se trata de una especie mayor
Para ahogarla en un dos por tres
Cómo amo mi repujado cocodrilo de cartón.



JORGE ITA GÓMEZ

RINO CERONTE




RINO CERONTE

Mil veces más recio que un toro de lidia
Nada pueden contra mí
Caballos de fuerza de mar ni tierra
Semejante a un grisáceo
Bloque de concreto armado
Todo mi cuerpo de placas superpuestas
Y remaches acabado en fina escudería
Hacen de mí todo un bólido campeón
A excepción de mi corta cola
Que puede ser tirada por las fauces
Aceradas de una hiena
O un hambriento jabalí
De los depredadores solito me defiendo
Con el fiero único cuerno que poseo
Sobre mi aplanada nariz de boxeador
Me levanto con todo en vilo
Árboles, hembritas difíciles
Y como un tanque blindado o acorazado
Inglés cuido mi territorio e imagen
De marca Hermes esculpida
En todos los carros repartidores de caudales
Y ya quisieran muchos cazadores furtivos
Ver rodar mi cabeza para colgarla
Como trofeo en la amplia pared de su salón.



JORGE ITA GÓMEZ

EL ELEFANTE ASADO




EL ELEFANTE ASADO

En días de intenso calor africano
Cuando ni la sombra de los árboles
Te protegen el lomo por fuerte que sea
Suelo darme baños de agua y tierra
En cualquier alberca que encuentre
Con mi propia manguera incorporada
Grácil apéndice que a veces me sirve
De monstruosa nariz o dedos regordetes
En temporadas nos vamos en estampidas
Ya sea porque pisamos una hormiga
O porque vimos un pequeño ratón
Mi pata plana es una aplanadora perfecta
Y mis orejas en forma de hojas
Las dos mejores y más grandes
Antenas parabólicas del mundo
Mi piel de paquidermo luce arrugada
Es gris como el cielo gris de Lima
Y no hay plancha que la pueda planchar
El único amigo que siempre tuve fue Tarzán
Pero él ya no estará más trepado en mi lomo
La fuerza bruta siempre me acompaña
Y no la puedo medir ni controlar,
Cuando la comida me queda chica
Por eso arranco árboles de su corteza
Con todo y raíz. Contrario a los niños
Odio sobremanera el circo, pero
Me encadenan a él y no lo olvido
Odio al domador que me lastima
Sin piedad por quítame esta paja
Recuerden: tengo memoria de elefante
Y te tengo entre ceja y ceja de los bigotes.



JORGE ITA GÓMEZ

MISTER CANGURO




MISTER CANGURO

Yo sí que soy muy precavido:
Llevo mi bolsa de valores
Siempre conmigo crío adentro
Tímido desde allí asoma
Entre los papeles que guardo
Su frágil cabecita. Dura resortera
Mi cola, cuando atleta
Saltimbanqui largas distancias
En duras jornadas recorro
Siempre con el temor de ser
Arrollado por una combi fatal
Lejos de mi natal Australia,
En esta Lima provinciana.
Y si algún atracador me dijera
La vida o la bolsa, obvio microbio,
Le respondería la bolsa y la vida
Y me arrancaría en loca carrera
Para preservarlas a como dé lugar.
Soy campeón natural de boxeo
Grandes patas y orejas chicas
De marsupial: me llaman canguro
Y tengo tosca pinta de boxeador.



JORGE ITA GÓMEZ

HORMIGUITA ATÓMICA





HORMIGUITA ATÓMICA

Soy muy pequeñita
Pero trabajo muy duro
Porque quiero ser grande
Como cargador en La Parada
Llevo al hombro hojas,
Alimañas muertas en combate
Melones, trozos de queso
Y medias lunas de sandía
Por eso hierve el hormiguero
Como rico panal de miel
Digo esto porque lo vi
En unos dibujos animados
Conste por la televisión
Con mis antenitas de vinil
Y a la hora de la hora
Aunque pequeña todavía
Como los grandes insectos
Solemos reproducimos
Por miles de miríadas
Para peleamos en mancha
Pero solo en el chiste
Con grandulones elefantes.



JORGE ITA GÓMEZ

LA JIRAFA




LA JIRAFA


Mi cuello alargado
Es tan elevado
Como un rascacielos
Subdesarrollado
Y husmea desde las alturas
Hacia abajo
Como arremangada
Escalera telescópica
Pero déjenme también decirles
Que no le temo
Al mal de las alturas
Desde donde percibo
El aroma de las flores
Estoy acostumbrada a ellas
Por eso camino
Como torre elegante
O rumorosa señorita
Que va de shopping
Y rezo mucho mucho
Para que no me dé
Un ataque repentino
De tortículis
Al voltear distraída
Las esquinas arbóreas
Pues no hay bufanda
Para mi talla
Que ya roza las nubes.
Ah, me olvidaba,
Antes de irme por favor
Puede alguien decirme
O saben por casualidad
Alguno de ustedes
¿Qué pomada es buena
Para quitarle un poco
De pecas y manchas
A mi delicada piel?...


JORGE ITA GÓMEZ

EL AVESTRUZ




EL AVESTRUZ

Mi perfil psicológico indica:
Plumífero de perfil bajo
Y gran tamaño, no obstante,
Tan grandote y tan gallina
Y la verdad ya estoy harto
De que la gente me vea así
Por qué tengo que vivir
Como humillado y ofendido
O convidado de piedra
Comer siempre agachado
¿Escondiéndome de alguien?
Trago todo lo que encuentro
A mi paso, cabeza gacha,
Clavos, vidrios molidos,
Escarabajos, bolitas de caca,
Siempre enterrada en el hoyo
Mi triste cabeza de chorlito
Quienquiera diría que soy
Y tendría toda la razón
Enemigo de la etiqueta social
Tengo de todo en el buche
Mientras llego a casa-corral
Y mi hembra pone para mí
Huevos enormes que parecen
Blancas piedras prehistóricas.


JORGE ITA GÓMEZ.

CAMEL




CAMEL


Doy la sensación de estar siempre mascando
Chiclets de Adams, pura baba, o
Pastillas de fresca menta entre bridas
Es que hace tanto calor en el desierto
Que mis patas terminadas en primorosas pezuñas
Como patas de la cabra me permiten entre dunas
Y oasis sortean mil y un peligros
Y echar a andar a toda carrera como un galgo
Los beduinos me cuentan como uno más
De los numerosos integrantes de su clan
Y me da gusto vivir con ellos en vistosas tiendas
Puedo pasarme la vida entera gracias
A mi almacén de grasa sin beber agua muchos días
Por eso me doy el lujo de llenar de escupitajos
Como la llama a quien me caiga gordo
Y debo por ahí ser pariente lejano
Aunque habito en el Sahara y al norte del África
A ciencia cierta no lo sé de los caballos
Pero de lo que sí estoy 100% seguro
Es que mi primo hermano es el dromedario
Que me anda jorobando todo el santo día porque
Tengo grabada mi imagen rockera
En la cajetilla de una marca de cigarro
Registrada a mi nombre “Camel”
Y a la hora roja anaranjada del sunset
El sol chico bueno se oculta entre mis dos jibas.


JORGE ITA GÓMEZ

LA CEBRA RAYADA




LA CEBRA RAYADA

Desde mucho mucho antes de nacer
Me gustaba dibujar rayas con un palo
Soy primo hermano del burro
Por eso al momento de nacer
La madre naturaleza me vistió a rayas
Animal atrapado en la ventana
Persiana importada del reino africano
Me dicen tengo la patente pero
Yo inventé el traje a rayas del reo
Una raya más no le hace nadie al tigre
Pero a la cebra sí, por eso mi enojo
Y al menor atisbo de peligro en el aire
Emprendo rayada la veloz huida
Para marear con mis movimientos
De piques y quiebres a uno y otro lado
A la manada hambrienta de leones
Que me quiere borrar de toda la tierra.


JORGE ITA GÓMEZ

OSITO PANDA




OSITO PANDA


Amo a los osos pandas bebés
Solo los tengo en peluche
En todos los tamaños posibles
Y ya quisiera uno arrullarlos
Se hacen querer un montón
Hasta parece que usaran anteojos
Sabia la naturaleza los pintó
Para mí con primor albinegros
Como todos los niños de pecho
Son muy curiosos y juguetones
Algodón con manchas negras
Toman harta leche y escogen
Para comer con sus pequeñas
Patitas solo hojas verdes y frescas
Da gusto verlos jugar sentados
Como pequeños sumos recién
Pañalados para la lucha libre
Quisiera tener uno de verdad
Para darles de comer muy rico
A toda hora cañitas de bambú
Y sacarlo a pasear de la mano
En matinée al cine o al parque
Como a un niño que engríe
Su padre sin contemplaciones
Y rabona me siga los domingos
Religi-osa-mente a donde voy.



JORGE ITA GÓMEZ


miércoles, 17 de agosto de 2011

ODA A LA POESÍA: PABLO NERUDA




Cerca de cincuenta años
caminando contigo, Poesía.
Al principio me enredabas los pies
y caía de bruces
sobre la tierra oscura
o enterraba los ojos en la charca
para ver las estrellas.

Más tarde te ceñiste
a mí con los dos brazos de la amante
y te subiste en mi sangre
como una enredadera.
Luego
te convertiste en copa.

Hermoso fue
ir derramándote sin consumirte,
ir entregando tu agua inagotable,
ir viendo que una gota
caía sobre un corazón quemado
y desde sus cenizas revivía.

Pero
no me bastó tampoco.
Tanto anduve contigo
que te perdí el respeto.
Dejé de verte como náyade vaporosa,
Te puse a trabajar de lavandera,
a vender pan en las panaderías,
a hilar con las sencillas tejedoras,
a golpear hierros en la metalurgia.

Y seguiste conmigo
andando por el mundo,
pero tú ya no eras
la florida estatua de mi infancia.

Hablabas
ahora con voz férrea.
Tus manos
fueron duras como las piedras.
Tu corazón
fue un abundante manantial de campanas,
elaboraste pan a manos llenas,
me ayudaste a no caer de bruces,
me buscaste compañía,
no una mujer, no un hombre,
sino miles, millones.

Juntos, Poesía,
fuimos al combate, a la huelga,
al desfile, a los puertos, a la mina,
y me reí cuando saliste
con la frente manchada de carbón
o coronada de aserrín fragante
de los aserraderos.
Ya no dormíamos en los caminos.
Nos esperaban grupos
de obreros con camisas
recién lavadas y banderas rojas.

Y tú, Poesía,
antes tan desdichadamente tímida,
a la cabeza fuiste
y todos se acostumbraron a tu vestidura
de estrella cotidiana,
porque aunque algún relámpago delató tu familia
cumpliste tu tarea,
tu paso entre los pasos de los hombres.

Yo te pedí que fueras
utilitaria y útil,
como metal o harina,
dispuesta a ser arado,
herramienta, pan y vino,
dispuesta, Poesía,
a luchar cuerpo a cuerpo
y a caer desangrándote.

Y ahora, Poesía,
gracias, esposa,
hermana o madre o novia,
gracias, ola marina,
azahar y bandera,
motor de música,
largo pétalo de oro,
campana submarina,
granero inextinguible,
gracias
tierra de cada uno de mis días,
vapor celeste y sangre de mis años,
porque me acompañaste
desde la más enrarecida altura
hasta la simple mesa de los pobres,
porque pusiste en mi alma
sabor ferruginoso y fuego frío,
porque me levantaste
hasta la altura insigne
de los hombres comunes.

Poesía,
porque contigo
mientras me fui gastando
tú continuaste desarrollando tu frescura firme,
tu ímpetu cristalino,
como si el tiempo
que poco a poco me convierte en tierra
fuera a dejar corriendo eternamente
las aguas de mi canto.


PABLO NERUDA

De "Odas elementales" (1954).

jueves, 9 de junio de 2011

DE LA SOLEDAD DE SIGFRIDO A LA SOLEDAD DE NUESTROS DÍAS: Por Jorge Ita Gómez

Lúcido y apasionado poeta de la Generación del 90, dotado además de especial talento para el ensayo y la crítica manifiesto en su interesante propuesta para iniciar una estética de la posmodernidad denominada Teoría de las micciones; en la que revela una tendencia de desparpajo y de ironización tanto de la Civilización del Consumo cuanto de los excesos del Neoliberalismo salvaje e irracional; amén de sus igualmente Técnicas de restauración poética (revisar/consultar) y de sus polémicos y enjundiosos artículos desperdigados en fanzines, diarios y revistas de la especialidad.

Antonio Sarmiento (Chimbote, 1966) cursó estudios en las facultades de Ciencias de la Comunicación y de Educación de la Universidad Inca Garcilaso de la Vega, en la que obtuviera el Primer Premio de Poesía en los Juegos Florales de 1986, distinguiéndose desde entonces como uno de pilares fundamentales de la Tradición Poética Garcilasina, hermosa gesta heroica tejida con renovada fe junto a Miguel Ángel Guzmán Dávila e Ita Gómez: terrenalmente recién bautizada trinidad.

Lleva a la fecha publicados Metamorfoseo orgásmico (Lima,1994, Ediciones Amantes del País, 64 pp.) que prácticamente lo arrancó del ostracismo rescatándolo de las pesadillas feéricas en las que (se des) vivía. Tejido al calor abrazador de -como él mismo refiere- “mis lecturas de Franz Kafka y en las canciones de John Lennon”, y cuyo magma poético reconcentrará ulteriormente en sus celebrados -a lo Lautréamont- Cantos de Castor (Lima 1999, Fondo de Fuego Editores, 72 pp.) o “inusitados poemas chatarras”, resultantes de su constante preocupación y permanente búsqueda y reflexión por encarnar los auténticos ideales de toda una generación. Luego vendría Tontas canciones de amor (Lima 2002, Fondo Editorial de la UIGV, 53 pp.), poesía enamorada del amor a la poesía, en el que sigue incesante cantando al eterno tema del amor redivivo en sus diversas variantes con sabiduría extremada y que nos llevan sin dilación directo al corazón enamorado de la amada (divinas Beatrices, Lauras encantadas). Y El junco y la tormenta (Lima 2004, Ediciones El Collar de la Paloma, 59 pp.), poemario de múltiples aristas y tono clásico que le auguran celebridad; pues Arde aquí un sarmiento/poeta amante y guerrero (Pág. 59) de antena atenta y pulso firme, con la pluma y la espada desenvainada ante la maravilla delectante de expectar el credo y las magnificencias de su creado Universo poético.

“El apasionado y fervoroso” poeta que es Antonio Sarmiento en su más reciente entrega denominada La soledad de Sigfrido (Ediciones Altazor, Lima 2010), modelo de literatura costumbrista, explora al modo folletinesco o de una coruscante novelita de aventuras, el dilatado universo literario con todos los medios a su alcance, es decir, se abstrae y extrae lo mejor de él y no agota ni angosta sus recursos expresivos ahí, en el género anfibio, como llamaría Octavio Paz a la fusión de la prosa y la poesía, sino que la configura a ratos y a trazos monologantes y aun va mucho más allá de las lindes y sus lindes, en función de su palabra poética, irreverente y desmitificadora al mismo tiempo.

Dividido en tres estancias diferenciadas, los poemas de la primera sección Metáfora del libro-hombre-pájaro, en palabras de su autor, están empapados de un lirismo de corte romántico que los alejan del estilo “circunstancial” de los textos de la segunda y tercera parte, Animales en su hábitat y La ciudad de los gritos, respectivamente, en los que asoman más bien acentuados rasgos urbanos de marginación y soledad agobiantes, emergentes de la praxis y la convivencia cotidiana en medio del caos social que llevan a refugiarnos en las laberínticas interioridades de nuestra “choledad”, rostro genuino y rasgo distintivo de nuestra finalmente verdadera identidad.

En los tres rubros arriba indicados, están sólidamente bien representados en eclosión de plenitud creativa los poemas Metáfora del libro-hombre-pájaro, Ante la tumba del viejo Marrapai y Cenotafio; En agosto tampoco hay milagros, El fresco, El fundamento, El micro(bios), El último baile, El trazo, Poema con gente divertida adentro, Mujer ancha sin licencia de conducir, El horizonte de Chico Morado; Busto para un rostro cualquiera, La ciudad de los gritos, Gran Parada de Lima, Houdini en el cielo del Rímac, Desapareciendo el cerro San Cristóbal, Fundación de Villa El Salvador, Las constelaciones, Variaciones de la luz y Mercado de baratijas, textos de singular belleza y gran valía, que bien condensan la gaya ciencia, el gracejo y la invectiva propios del poeta.

De otra parte, crea situaciones ficcionales o no e inventa personajes variopintos que van relatando sus aventuras y desventuras a partir del poema, historias dramáticas de la deshumanización del arte y de las civilizaciones debido, entre otras poderosas razones, al uso desmedido del Internet y su amplio espectro digitalizado por la tecnología, en una sociedad global cada vez más de consumo (y de política neoliberal) que automatiza y seduce cada vez más a mayores sectores de la población de a pie, carentes de conciencia y sensibilidad, agazapados en el día a día porque no tienen tiempo para leer, sino apenas para subrepticia y surrealistamente subsistir como en un fresco de Chagall o de Chirico.

Ahí están poblando sus páginas y cobrando cada vez más vida la misteriosa aparición y desaparición de la poeta limeña Vexaida (en realidad Andrea), a quien conoce en largas pláticas por Internet; Blanco como uno de tantos antisociales que pululan enajenados rasgando las vestiduras de la noche; lo mismo así, como creando una atmósfera legendaria haciendo alarde de erudición, el prologuista del libro Leopoldo Santini y Sigfrido con el peso de su soledad a cuestas, acaso alter ego, heterónimo o leyenda viva del mismísimo poeta engastada en el oro refulgente de sus versos para la posteridad.

Como Borges o Mario Vargas Llosa u otros tantos quijotes modernos o pequeños anónimos héroes literarios nos negamos rotundamente a creer en la desaparición del libro, por imposible, pues no se trata ya a estas alturas de dilucidar disquisiciones ordinarias de que vaya a ser o no reemplazado por las modernas máquinas memoriosas llamadas computadoras, siendo el libro como cuando andando los tiempos de la historia, el objeto más preciado de nuestros deseos a la fecha, en el que “se instala la ficción y la maravilla”, dejando para siempre en el olvido qué digo décadas, siglos enteros de malsano oscurantismo y flamígeras lenguas de fuego de la hoguera ignominiosa, al que otrora fueron condenados.

De ahí concluimos que Antonio Sarmiento, poeta garcilasino adscrito a la generación del 90, que antes firmara como Braulio Castor bajo una suerte de desmitificación, decantación, deicidio o metamorfoseo orgásmico, soslayando toda retórica, es un hábil forjador de mundos paralelos y ávido lector de la poesía gravitante de su tiempo, cuyo hilo conductor es la plenitud de su narratividad postmoderna y la sólida construcción de sus imágenes deslumbrantes. Prueba de ello, La soledad de Sigfrido. Léanlo.




viernes, 10 de diciembre de 2010

ELOGIO DE LA LECTURA Y LA FICCIÓN

























Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d'Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.

La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.

Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que
celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.

No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desf
allecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma -la escritura y la estructura- lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.

Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la osc
uridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.

Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero
estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.

Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julien Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.

Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lav
a las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos -aunque nunca llegaremos a alcanzarla- a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.

En mi juventud, como mu
chos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy -que trato de ser- fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Rével, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china.



De niño soñaba con l
legar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del general De Gaulle. Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.

De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía Hay, hermanos, muchísimo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudo democracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragu
a. Pero en el resto del continente, mal que mal, la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. Ése es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo, América Latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente.

Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, N
ueva York, Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman "las raíces", mis vínculos con mi propio país -lo que tampoco tendría mucha importancia-, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.

Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventu
d que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de África del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si -el destino no lo quiera y los peruanos no lo permitan- el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de Estado que aniquilara nuestra frágil democracia. Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.

Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de "todas las sangres". No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro punto
s cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo-cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y a la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!

La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.

Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le ten
go. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso -triste consuelo- descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.

De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.

Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las
mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de cómo, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.

Detesto toda forma de nacionalismo, ideología -o, más bien, religión- provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racista
s, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.

No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del "otro", siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discurso
s apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.

El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban "el pie ajeno" -lindo y triste apelativo-, donde descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebés al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón, en el Miraflores limeño -la llamábamos el Barrio Alegre-, donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.

El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y al
egran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: 'Mario, para lo único que tú sirves es para escribir".

Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y c
ompañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.

Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. "Escribir es una manera de vivir", dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.

Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo an
tes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas. La escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).

La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarn
os por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.

Siempre me ha fascinado ima
ginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas -rayos, truenos, gruñidos de las fieras-, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.

Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escuchars
e, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.

De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimis
mamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.


Mario Vargas Llosa




Fotos: El país.com